viernes, 12 de enero de 2018

“Vestidas para un baile en la nieve”, de Monika Zgustova

En Réquiem, escribía Anna Ajmátova: “No soy yo esa, es otra quien sufre./ No lo resistiría yo. Que velos negros/ cubran lo sucedido, que retiren/ los faroles…/Noche. Años después, Ariadna Efron, hija de la poeta Marina Tsvetáieva, recordaba este poema al pensar en todo lo que había sufrido.

Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg, 2017) comienza a gestarse en septiembre de 2008, cuando la escritora, traductora y periodista Monika Zgustova (Praga, 1957), que reside en Barcelona, viaja a Moscú y asiste, a instancias de su amigo Vitali Shentalinski, a una reunión de antiguos presos del gulag. Se leyeron poemas, cuentos y ensayos. Monika Zgustova se sorprendió al ver el gran número de mujeres que había y decidió entrevistar a algunas de ellas. 

Las historias de Vestidas para un baile en la nieve muestran la capacidad de sufrimiento del ser humano, su resistencia y su deseo de sobrevivir. Se ha escrito mucho acerca del gulag, una palabra que surge de unas siglas –“Central administrativa de los campos de trabajo correccionales”–, y que acaba designan do al “campo de concentración” o al “conjunto de centros penitenciarios” de la antigua Unión Soviética. Por encima de las cifras y estadísticas de la gran maquinaria represiva nos conmueven los testimonios de las personas que vivieron ese infierno.

En Vestidas para un baile en la nieve nueve mujeres nos cuentan sus vivencias y las de sus familiares o personas conocidas que sufrieron el terror y la arbitrariedad del sistema. En sus entrevistas Monika Zgustova describe a esas mujeres, ya ancianas, y anota sus impresiones sobre cómo caminan, sobre la falta de movilidad, secuelas de la malnutrición y de vivir en las condiciones más adversas. La amistad y la cultura, sobre todo los libros, les ayudaron a sobrevivir. Ellas tenían algo a lo que aferrarse: la belleza, la poesía, un libro que pasaba de mano en mano…

El método de Monika Zgustova nos recuerda al de Svetlana Aleksiévich; utiliza una grabadora, o toma notas, y deja hablar a sus entrevistadas. Después vendrá una elaboración estilística hasta crear unos relatos intensos y de gran fuerza literaria, que van más allá de un testimonio periodístico. Cada una de estas mujeres representa una figura mítica. Zayara Vesiólaya es “La mujer de Lot”. Sus palabras darán título al libro. La joven Zayara salió de su casa en la madrugada de 1949. Mientras celebraba una fiesta con amigos, la policía llegó con una orden de arresto: “Me fui de casa vestida como para un baile. Llevaba una falda estrecha negra hasta las rodillas, una elegante blusa roja con muchos botoncitos y zapatos de tacón”.

Pasó dos meses en la cárcel y de allí salió con la misma ropa. En Siberia la ayudarán la poesía y la amistad con Nikolái Bilétov, un pintor que llegó al gulag con un violín: “Nikolái me contó que prefería llevarse a Siberia el violín que un abrigo de invierno”. Una melodía quedará siempre en su recuerdo, el allegro molto appassionato del Concierto para violín de Felix Mendelssohn que Nikolái tocaba para ella. Zayara consideraba Siberia como una experiencia enriquecedora. Allí tuvo amigos de verdad: “en los que podía confiar como después no he vuelto a confiar en nadie”.

Susanna Pechuro es la “Penélope encarcelada”. Había conocido a su amor, Borís, a los catorce años, en un curso de literatura. Por esa época fue consciente del antisemitismo de Stalin. Ella y sus amigos querían luchar contra la injusticia. Pero en 1950, cuando solo tenía diecisiete años, la encarcelaron y estuvo en un campo hasta 1955. Le ayudaron a sobrevivir la esperanza de que Borís siguiera vivo y el haber conocido a personas como Lina, mujer de Serguéi Prokófiev, quien la introdujo en las reuniones de un grupo de literatos. Cuando regresó a su casa, Susanna era una persona totalmente distinta: “Todo me parecía trivial. Nada tenía sentido. Nadie en libertad podía imaginarse ni por asomo lo que yo había experimentado”.

Ela Markman, también judía, procedente de Georgia, soñaba con ser una Judith del siglo XX: tenderle una trampa a Beria, seducirlo y después matarlo. Su familia había sufrido la represión, y junto con otros jóvenes creó una organización terrorista. Ellos creían en el verdadero comunismo, y no en el que practicaban Stalin y Beria:

Yo creía tener una misión vital que estimábamos de gran importancia histórica: la de construir el comunismo. Así nos lo enseñaron desde que éramos niños, y nos lo creímos; esa misión daba sentido a nuestras vidas y nos hacía felices.

Ariadna Efron-Tsvetáieva en 1926.
(Fuente: Wikipedia)
Ariadna fue rehabilitada en 1955.
Desde entonces
se encargó de recopilar y editar
la obra de su madre. Murió de un infarto
en 1975, a los sesenta y tres años.
En el gulag Ela coincidió con Ariadna Efrón-Tsvetáieva, hija de la poeta Marina Tsvetáieva y conserva una edición clandestina de la correspondencia de Ariadna con Borís Pasternak.  Ariadna había tenido que salir de la URSS con apenas diez años. Vivió con sus padres el exilio en Praga, Berlín y por último en París. Pero al igual que su padre, añoraba Rusia y regresó a Moscú en 1937, época de las grandes purgas de Stalin. Marina Tsvetáieva terminó regresando a la URSS con su hijo Mur, de 14 años, para que la familia permaneciese unida. Pero la suerte estaba echada. Arrestaron a Ariadna y después a su padre, y Marina quedaría en la más absoluta pobreza. Había miedo de acercarse a ella y solo Pasternak la ayudó. Marina acabó suicidándose.

Como señala Monika Zgustova, es curioso que, después de haber sufrido tanto, Ariadna “no cambiara su opinión sobre la URSS”. El escrito que en 1954, un año después de la muerte de Stalin, presenta ante el fiscal general de la URSS es un testimonio escalofriante. En los interrogatorios tenía que confesar que tanto ella como su padre pertenecían al servicio de inteligencia francés:

Me pegaron desde el primer interrogatorio. Me interrogaban de día y de noche, incluso en la celda; no me dejaban dormir, me encerraban descalza y desnuda en celdas heladas, me azotaban con porras de goma llamadas “interrogadores para mujeres”, me amenazaban con fusilarme, representaban mi ejecución.

Acabó firmando el documento y la condenaron a siete años de trabajos forzados. Salió en 1947, pero la volvieron a encerrar en 1949 y la deportaron a una región cerca del círculo polar. Desde allí, Ariadna escribió las cartas a Borís Pasternak, como la del 3 de junio de 1954: “¡Vivo como si me hubieran descuartizado, solo falta que me corten la cabeza y ya está! Por lo demás, parece que hace mucho que me las arreglo sin ella…”.

Elena Korybut-Daszkiewicz fue condenada a quince años de trabajos forzados. La acusaron de colaborar con los nazis, y la destinaron al campo de Kotlas. Pidió trabajar en las minas antes de tener que ceder a presiones sexuales. La vida de un preso en las minas de Vorkutá era durísima y muchos presos morían. También se practicaban los fusilamientos extrajudiciales, por intento de fuga. Pero, para ella lo más duro fue  construir, en pleno invierno, cuando nunca había luz, un muro de pesadas piedras:

Un día nos obligaban a construirlo y al día siguiente nos ordenaban que destruyéramos lo erigido; y así una y otra vez. La mayor tortura de todas las que he vivido consistía en la inutilidad de un trabajo sobrehumano.

Elena no sentía que el gulag hubiera enriquecido su vida, ni siquiera por los lazos de amistad que entabló. Sus mejores recuerdos van unidos a los libros: “Nadie es capaz de imaginar lo que para los presos significaba un libro: ¡era la salvación! ¡La belleza, la libertad y la civilización en medio de la barbarie!”.

La historia  de Valentina Íevleva fue novelada por Monika Zgustova en La noche de Valia (2013). Con 20 años, esta estudiante de arte dramático con una hija pequeña fue condenada al gulag. Allí conoce a Heino Eller –un  compositor estonio– y a Tatiana Okunévskaya, una actriz de gran éxito que sufrió la tortura en las cárceles y los campos de trabajo. La vida de Valentina Íevleva es una lucha por la supervivencia. Se rebela, intenta suicidarse bebiendo cal viva. Tras su puesta en libertad los libros se convirtieron en su gran consuelo:

Leyendo me olvidaba de mi vida malgastada, de mi compleja identidad, del rechazo que mi persona inspiraba a la gente, como si fuera una apestada. Leyendo vivía de nuevo, podía empezar desde el principio; leyendo vivía muchas vidas.

Natalia Gorbanévskava en 1973
Fuente: El país
Monica Zgustova entrevistó a Natalia Gorbanévskaya en 2012 en su piso de París. Ella es su “Antígona frente al Kremlin”. Natalia Gorbanévskaya poeta, discípula de  Ajmátova y traductora del polaco al ruso era una de las más conocidas disidentes del régimen soviético. Participó en una famosa manifestación en la Plaza Roja, en agosto de 1968, en protesta por la invasión de Checolovaquia por las tropas soviéticas.

Tom Stoppard escribió una obra de teatro sobre la manifestación y Joan Baez compuso una canción llamada Natalia. Su fama no salvó a Natalia de ser arrestada un año después en diciembre del 1969. La internaron en una prisión psiquiátrica, con un diagnóstico típico de los insumisos: esquizofrenia progresiva. En 1972 la dejaron en libertad. Desde 1976, vivía en París. Continuó siendo una activista hasta su muerte. Viajaba a Rusia y seguía participando en manifestaciones, como la que en 2013 conmemoraba los cuarenta y cinco años de la invasión de Checolovaquia. También la policía la detuvo por tratarse de una manifestación no autorizada.

En Londres Monika Zgustova entrevista a la polaca Janina Misik, que en 1939 era una colegiala de doce años, cuando los soldados soviéticos tomaron su ciudad. En febrero de 1940, la policía secreta irrumpió en su casa y Janina, como otros muchos polacos, inició un viaje sin retorno. Es una de tantas historias de desplazamientos forzosos, a través de distintos campos, desde Siberia a Uzbekistan.. “El hambre nos acompañaba siempre. Si tuviera que definir mi infancia, lo haría con la palabra “hambre”. Pero a pesar de vivir esas circunstancias inhumanas, nunca le abandonó la esperanza.

Galina Stepánovna Safónova es la más joven de todas las entrevistadas. Nació en 1942, en un campo de trabajo al norte de Rusia, donde estaba confinada su madre que, al salir del gulag, tuvo que permanecer en el destierro, trabajando como médico. Galina se educó en una guardería del campo. En su historia, recuerda aquellos libros que su madre y otras compañeras hacían para ella, “cuentos infantiles escritos a mano y con ilustraciones”. Todavía los conserva: “¡Qué feliz me hizo cada uno de esos libros! —exclama Galia—: De niña esos fueron mis únicos puntos de referencia culturales. Mire, los he guardado toda la vida, ¡son mi tesoro!”. Todas esas mujeres se esforzaban “por no caer en la barbarie, preocupadas por transmitir conocimiento y cultura de generación en generación”.

Vestidas para un baile en la nieve se cierra con la historia de Irina Emeliánova, que es también la de su madre Olga Ivínskaya, la de de Borís Pasternak y la de una novela,  El doctor Zhivago. Olga fue el último amor de Pasternak, a quien inspiró el personaje de Lara en la famosa novela. Monika Zgustova entrevista a Irina en la cocina de su piso de París, siguiendo la costumbre soviética de las conversaciones en la cocina, el único lugar de la casa donde la policía no colocaba micrófonos.

Irina sufrió la detención de su abuela en 1941, a quien alguien delató para quedarse con el piso. En 1946 su madre, una divorciada de treinta tres años, conoce a Boris Pasternak, un hombre casado veintiséis años mayor. En 1949 detienen a Olga, embarazada de Pasternak. Era una advertencia al poeta, como sucedió con la familia de Marina Tsvetáieva o de Anna Ajmátova.

Olga tuvo que soportar torturas psíquicas y físicas, y abortó. La enviaron a un campo de trabajos forzados y no la liberaron hasta después de la muerte de Stalin. Salió destrozada y Pasternak se sentía culpable de lo sucedido. El doctor Zhivago no se publicó en la URSS, sino en Italia, y fue traducida a veinticuatro idiomas. Fue tal el éxito que Olga terminó trabajando como secretaria de Pasternak, a quien le otorgaron en 1958 el premio Nobel de Literatura. Renunció debido a las presiones y las denuncias. Pero lo que más temía era que Olga volviese a sufrir una venganza de Estado.
Olga Ivínskaya, Boris Pasternak e Irina Emelíanova

Irina y Olga eran felices, pero la muerte de Pasternak, el 30 de mayo de 1960, lo cambió todo. El día después del entierro, la KGB registró el piso de Olga y se llevó los valiosos manuscritos de Pasternak. En los meses siguientes, tanto Irina como su novio francés, Georges Nivat, que preparaba su tesis en la universidad, cayeron misteriosamente enfermos. A George no le dejaron salir del hospital y lo expulsaron del país.

Detuvieron a Olga y a Irina y, en noviembre de 1960, se celebró el juicio en el que se las declaró culpables por uso indebido de divisas. Les expropiaron todos sus bienes y condenaron a Olga a ocho años de trabajos forzados y a Irina a tres. En el campo de trabajo a las dos las apodaron “las pasternakas”. Irina conoció en el gulag al poeta Vadim Kozovói, con quien se casó más tarde. Al igual que sucedió con otras parejas, los dos podían comprenderse, pues habían pasado por el mismo infierno.  Irina terminó viviendo en París, enseñando ruso en la Sorbona. Su madre murió en 1995, y su marido en 1999. Viajaba con frecuencia a Rusia, pero ha dejado de ir. La Rusia de Putin “le resulta inhóspita y peligrosa”.

Tampoco Natalia Gorbanévskaya era optimista respecto a la Rusia actual:

En la Rusia de hoy encuentro mucha pomposidad, además de una injusticia galopante a todos los niveles, la misma arbitrariedad que antes y una hipocresía como no he visto en otras partes. Pero lo peor de todo es el olvido, la amnesia organizada desde arriba. Y muchos, la mayoría, aceptan obedientemente la obligación de olvidar.


Ha pasado el tiempo. Varias de las entrevistadas han muerto, pero gracias a Vestidas para un baile en la nieve conservamos su memoria. Unas imágenes nos muestran a esas mujeres en sus casas, rodeadas de sus libros, sus objetos, sus fotografías en blanco y negro. Y es importante que nunca se pierda esa memoria, que asumamos nuestras contradicciones históricas, que aprendamos a convivir. Porque la grandeza de un país que se convirtió en una gran potencia mundial se construyó también a costa del sufrimiento de millones de seres humanos. 

martes, 5 de diciembre de 2017

Montaigne en Roma

"Su ruina misma está llena de gloria y de pompa". (Montaigne, La vanidad)
Aun las cosas presentes las poseemos sólo con la fantasía. Dado que me encuentro inútil para este siglo, me entrego a aquel otro; y me embelesa tanto, que el estado de la vieja Roma, libre, justa y floreciente —porque no amo ni su nacimiento ni su vejez— me importa y apasiona. (…). ¿Se debe a la naturaleza, o a un error de la fantasía, que la contemplación de los sitios que sabemos fueron frecuentados y habitados por personas cuya memoria tenemos en estima, nos conmueva en cierto modo más que escuchar el relato de sus acciones o que leer sus escritos?
                                                                  Michel de Montaigne, La vanidad

El viaje de Michel de Montaigne por Alemania, Suiza e Italia debía culminar con la llegada a Roma, lugar imaginado y a la vez familiar. Pero, ¿cómo sería Roma?, ¿cumpliría todas las expectativas? Montaigne quien, sometido a un curioso experimento, aprendió latín antes que la lengua francesa, temía que Roma lo defraudase. Por ello su secretario anotó:
Y en cuanto a Roma, adonde los demás ansiaban ir, él deseaba verla menos que otros lugares, pues todo el mundo la conocía. (...). Decía también que le parecía ser igual que esos que leen algún cuento muy placentero, o un hermoso libro, y tienen miedo de que llegue pronto el final.

Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre,
 festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”
Sin embargo, el señor de Montaigne, cuando ya se hallaba cerca de Roma, no pudo disimular su nerviosismo. En la jornada final se levantaron “tres horas antes de amanecer, tantos eran los deseos que tenía de pisar el suelo de Roma”. Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre (de 1580), festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”. Al entrar en Roma le confiscaron sus Ensayos y otros libros para que los examinaran los censores de la Inquisición. No se los devolvieron hasta marzo, con una llamada de atención por utilizar demasiado la palabra “fortuna” y por mencionar a poetas heréticos.

Años después, en el ensayo La vanidad, Montaigne escribiría:
(…) No podría volver a ver tan a menudo la tumba de esta ciudad, tan grande y tan poderosa, que no la admirara y venerara. Tenemos en consideración el cuidado de los muertos. Ahora bien, me han criado desde mi infancia con éstos; he sabido de los asuntos de Roma mucho tiempo antes que de los de mi casa. Conocía el Capitolio y su situación antes de conocer el Louvre, y el Tíber antes que el Sena.
Montaigne se encontró con una ciudad cosmopolita, el centro del mundo, donde había tantos franceses que resultaban una molestia “pues en la calle no encontraba a casi nadie que no le saludara en su lengua”. Hasta febrero de 1581 su secretario escribe las anotaciones del Diario de viaje. A partir de entonces es el propio Montaigne quien se encarga de esta tarea:

Yo decía, de entre los méritos de Roma, que es la ciudad más universal del mundo, y donde la extranjería y diferencia de nacionalidad tienen menos importancia; pues por su naturaleza, es una ciudad hecha de remiendos extranjeros; cada uno está aquí como en su casa. Su príncipe domina toda la Cristiandad con su autoridad.
El jueves 26 de enero, el señor de Montaigne, habiendo ido a ver el monte Janículo,
más allá del Tíber, y a examinar las singularidades de aquel lugar (…) y contemplar la situación
de todas las zonas de Roma,  que desde ningún otro lugar se ven tan claramente... 
Durante los cinco meses que permaneció en Roma, alojado en unas habitaciones frente a Santa Lucia della Tinta, Montaigne no dejó de padecer sus dolorosos cólicos. Un día expulsó “una piedra dura, larga y compacta, que tardó cinco o seis horas en pasar por la verga”; en otra ocasión fue “una piedra como un piñón grande y de esa misma forma”. Pero los males se atenuaban en aquel lugar donde todo era entretenimiento:

Yo no he tenido mayores enemigos de mi salud que el aburrimiento y la ociosidad; allí tenía siempre alguna ocupación, si no tan placentera como hubiese podido desear, al menos suficiente para distraerme: como visitar las antigüedades, las viñas, que son jardines y lugares de recreo, de belleza singular, donde aprendí cómo el arte podía servirse perfectamente de un lugar abrupto, montañoso y desigual.

Se podía “ir a escuchar sermones” o “disputas de teología”, o incluso a conversar con “alguna mujer de las públicas”, “para oír su charla y participar en sus sutilezas”, aunque las conversaciones, como todo lo demás, solían ser bastante caras:

Todas esas diversiones me tenían bastante atareado; de melancolía, que es mi muerte, y de tristeza, no tenía ocasión alguna, ni dentro ni fuera de casa.

No encontró mujeres de una belleza excepcional, a pesar de su fama, aunque anotó que “como en París, la belleza más singular se encontraba en poder de aquellas que la ponían en venta”.  En cuanto a los hombres, escribe: “No sé cómo no tienen modales de duques, condes o marqueses, aun siéndolo, sino una apariencia un poco vil”.

Desde Navidad a Pascua

El sepulcro más bello es el de Santa Rotonda, a causa de
sus luminarias. Entre otras cosas hay un gran número
 de lámparas girando y dando vueltas sin cesar de arriba abajo
Montaigne tuvo tiempo de conocer las costumbres de la Roma de su época. El día de Navidad, fue a San Pedro a la misa del Papa –Gregorio XIII, por entonces–. Le dieron un buen sitio para no perderse detalle. Vio cómo utilizaban “cierto instrumento para beber el cáliz tomando precauciones contra el veneno”; y observó cómo el papa y los cardenales charlaban durante toda la misa. El secretario anotó: “Estas ceremonias parecen más ostentosas que devotas”

En otra ocasión el Papa le concedió una audiencia a Montaigne, y su secretario describió una ceremonia fría y teatral. El papa aconsejó “al señor de Montaigne que persistiera en la devoción que siempre había tenido a la Iglesia y en el servicio del Rey cristianísimo, y que él les serviría de buena gana en lo que pudiera: esto es mera fraseología italiana”.

Ni a Montaigne ni a sus compañeros de viaje les pareció que el carnaval romano “fuera gran cosa”. En el Diario se mencionan las carreras del Corso “una calle muy larga de Roma que recibe su nombre por eso”. Corren “caballos, montados por niños pequeños que los azuzan a latigazos”. Pero también hacen correr “bien a cuatro o cinco niños, bien a judíos, o a viejos totalmente desnudos, de un extremo a otro de la calle”.

De este modo resumía Montaigne el ambiente de Roma:

Esta es una ciudad en la que sólo existen la corte y la nobleza; todos participan en la ociosidad eclesiástica. No hay una calle comercial, o menos que en una ciudad pequeña; solo hay palacios y jardines. (…) La ciudad apenas cambia de aspecto en un día laborable o en un día de fiesta.

A los romanos les gusta pasear; es “el ejercicio más corriente”. Por lo general “la empresa de salir de casa se hace solamente para ir de calle en calle sin tener donde detenerse”. De ese modo se puede ver a las damas tras las celosías: “saben mostrarse por donde tienen lo más agradable; os presentarán solamente la parte superior del rostro, o la inferior, o un lado, pues se cubren o se descubren de tal forma que no se ve una sola fea en la ventana”.

Montaigne asistió a ejecuciones, como la de Catena, “un famoso ladrón y capitán de bandidos”, al que después de estrangular “despedazaron en cuatro cuartos”: “Hacen morir a los hombres con una muerte simple y ejercen su rudeza después de la muerte”. Aunque también contempla la ejecución de dos hermanos a los que primero “se les torturó con tenazas, luego les cortaron la mano delante de dicho palacio”.  También fue testigo de un exorcismo, y asistió a la antigua ceremonia de circuncisión de los judíos. Además tuvo tiempo para visitar tranquilamente la biblioteca del Vaticano, donde se podía acceder a las grandes joyas bibliográficas “sin ninguna dificultad”.  

Montaigne observa la teatralidad romana: “Las gentes me parecen menos devotas que en las buenas ciudades de Francia, pero mucho más ceremoniosas: pues en esto son exageradas”. Y para argumentarlo relata algunas anécdotas:

Estando un individuo con una cortesana, acostado en la cama y dedicado a prácticas libertinas, sonaron a las veinticuatro horas las campanadas del Ave María: ella se arrojó inmediatamente del lecho al suelo y se puso de rodillas para hacer su oración.

El cielo bajo el que Roma había estado situada

"Está convencido, por el arco de Severo, de que estábamos a más de dos picas por encima del
 antiguo suelo; y lo cierto es que, en casi todas partes, se camina sobre el borde 
superior de los viejos muros que la lluvia y los carruajes dejan al descubierto".
Una vez en Roma, Montaigne hizo bien las tareas. Como no se fiaba de los guías, él mismo “se ocupó de instruirse”. Y pronto, con mapas y libros que leía por la noche, dominó la materia “y de día iba a poner en práctica sobre el terreno lo que había aprendido; así que, en pocos días, hubiera podido fácilmente guiar a su guía”. En Roma se caminaba sobre ruinas, que apenas quedaban al descubierto por la lluvia o los carruajes. Así, escribe el secretario:

Decía que de Roma no se veía más que el cielo bajo el que había estado situada y el plano de su asentamiento; que el conocimiento que tenía de ella era una ciencia abstracta y contemplativa, en la que no había nada que percibieran los sentidos; que los que decían que al menos se veían las ruinas de Roma decían demasiado; pues las ruinas de un aparato tan temible proporcionarían más honor y respeto a su memoria: esto no era más que su sepulcro.

Montaigne se admira de que en tan poco espacio como ocupan los siete montes, y entre ellos los más famosos, el Capitolio y el Palatino, “se erigiera allí un número tan grande de edificios”.  Las ruinas del Foro Romano, limpias y cuidadas que ahora vemos, solo eran en 1580 “unos restos similares al derrumbamiento de una gran montaña desmenuzada en horrendos peñascos”:

"Y el monte Savello no es otra cosa que una parte
de las ruinas del teatro Marcelo".
Con frecuencia ha sucedido que, tras haber excavado a fondo en la tierra, no se llegaba a encontrar más que el capitel de una columna altísima que aún estaba en pie más abajo. (…). Sin embargo, sobre las mismas ruinas de los viejos edificios, tal como el azar los ha dejado, destruyéndolos, han plantado las bases de sus nuevos palacios, como sobre grandes trozos de roca, firmes y seguros. Es fácil ver que algunas calles están a más de treinta pies de profundidad por debajo de las actuales.

Montaigne nunca pudo imaginar que aquellos papeles que escribió en su viaje se publicaran dos siglos después. Un hallazgo que celebraron grandes lectores de los Ensayos como Stendhal, quien en 1829 escribiría sus Paseos por Roma. Stendhal se sorprende de que Montaigne no se admirara de las obras de arte. Sin embargo reconoce que “el genio (de Montaigne) consiste en adivinar y estudiar atentamente las disposiciones de los pueblos”.

Es cierto que no escribió de “los frescos del Correggio, de Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci, de Rafael”, que de las iglesias solo dijo que son “menos bellas que en la mayoría de las buenas ciudades de Italia”, y que mencionó sólo de pasada, las esculturas que le habían gustado:

El Moisés, en la sepultura de San Pedro in Vincula
El Adonis que está en la casa del obispo de Aquino; la Loba de bronce y el Niño que arranca la espina, del capitolio; el Laocoonte y el Antinoo del Belvedere; La Comedia del Capitolio; el Sátiro de la viña del cardenal Sforza; y de las obras nuevas el Moisés, en la sepultura de San Pedro in Vincula; y la bella mujer que está a los pies del papa Pablo III, en la nueva iglesia de San Pedro: estas son las estatuas que más me han agradado en Roma.

Pero no era esta su Roma, la que él había venido a buscar, aquella de la que quizás solo quedaban al descubierto las ruinas menos dignas, como si a "los enemigos de esta gloria inmortal les hubiera impulsado a arruinar primero lo más bello y lo más digno que había”:

Los edificios de esta Roma Bastarda que ahora se iban adhiriendo a esas ruinas antiguas, aunque tuviesen algo que pudiera causar admiración a los siglos presentes, le hacían recordar precisamente los nidos que los gorriones y las cornejas cuelgan en Francia de las bóvedas y las paredes de las iglesias que los hugonotes acaban de demoler.

La más noble ciudad
El miércoles 19 de abril, Michel de Montaigne partió de Roma para seguir visitando balnearios y otros lugares de Italia. Regresó el domingo 1 de octubre, cuando “se sentía en esa estación un frío grandísimo y un viento helado de la Tramontana”. Ese mismo día recibió “las cartas de los Jurados de Burdeos”, en las que le comunicaban que le habían hecho gobernador de la ciudad.  Dejó Roma el domingo 15 de octubre, aunque siguió llevándola consigo.

En el ensayo La vanidad, como muestra de esta “necia inclinación” que todos padecemos, transcribe su famosa bula: “una bula auténtica de ciudadanía romana, que me fue otorgada recientemente, cuando estuve allí, pomposa en cuanto a sellos y letras doradas, y otorgada con una generosidad del todo graciosa”. Sí, es una tontería, una muestra de vanidad, pero “no puede librarse de ella sin destruirse a mismo”:
Dado que no soy ciudadano de ninguna ciudad, estoy muy satisfecho de serlo de la más noble que ha habido y habrá nunca. 

lunes, 27 de noviembre de 2017

"Diario de viaje a Italia", de Michel de Montaigne

Monteriggioni. La Toscana

No porque lo dijera Sócrates, sino porque en verdad es mi inclinación, y acaso no sin algún exceso considero a todos los hombres compatriotas míos, y abrazo a un polaco como a un francés, posponiendo el lazo nacional al universal y común.
                  
                                                                     Michel de Montaigne, La vanidad

El largo viaje de Montaigne por tierras de Alemania, Suiza e Italia duró diecisiete meses y ocho días. Marchó de su castillo el 22 junio de 1580  y no regresó hasta el 30 de noviembre de 1581. El lunes 5 de septiembre de 1580 Montaigne comenzó a llevar un diario en el que anotaba los lugares por donde iba pasando y todo lo digno de ser recordado. Esta “hermosa tarea”, aunque algo molesta, era el cometido de uno de los hombres que lo acompañaban, un secretario encargado de escribir lo que le indicaba su señor, unas veces al dictado, otras incluyendo detalles y expresiones que consideraba del gusto de Montaigne.

A mediados de febrero de 1581, el secretario se despide y es Montaigne quien  prosigue con la tarea. Quizás más tarde estas anotaciones le servirían para escribir algo nuevo, o para introducir modificaciones en los Ensayos, cuya primera edición se había publicado en 1580, con gran éxito de ventas y mayor fama para su autor. El 13 de mayo de 1581, hallándose en la Toscana, Montaigne se atreve a escribir sus notas en italiano: “Parlar un poco questa altra lingua”. Al fin y al cabo se trataba de unos escritos privados, que no pensaba publicar.

Tras su muerte, en 1592, aquellos papeles se quedaron guardados en un arcón y durante casi dos siglos, Michel de Montaigne siguió siendo el autor de un admirable libro único: sus Ensayos.

Pero, tal como cuenta en su “Discurso preliminar” Meunier de Querlon –archivero de la Biblioteca del Rey y primer editor del Diario–, en 1770 el abate Joseph Prunis, que estaba realizando unas investigaciones para escribir la historia de la comarca del Périgord, llegó al castillo de Montaigne, y pidió permiso al conde Charles Joseph de Ségur de la Roquete, su propietario, para visitar los archivos. Le mostraron el arcón lleno de viejos papeles y, al examinarnos, el abate encontró el manuscrito del Diario de viaje de Michel de Montaigne.

El abate Prunis había visto cumplido el sueño de todo investigador, aunque, por desgracia, algunas partes de ese diario resultaban poco decorosas. Si ya Montaigne en los Ensayos hablaba con normalidad de ciertas cuestiones físicas, en estos papeles describía de manera detallada los efectos que las aguas o los purgantes ejercían sobre su aparato excretor. El abate pensó que el texto podría publicarse sin esos fragmentos pero, por suerte, se enfrentó con la negativa del conde de Ségur, quien además se encargó de buscar otro editor para la obra. El manuscrito se depositó en la Biblioteca Real, y desapareció misteriosamente después de la publicación, en 1774, del Journal de voyage de Michel de Montaigne en Italie par la Suisse et l’Allemagne en 1580 et 1581. Menos mal que antes se habían hecho varias copias del original.
Florencia: "Vimos la catedral, que es una iglesia
muy grande, y el campanario,  totalmente
 revestido de mármol blanco. Es una de las 
cosas más bellas y suntuosas del mundo. 

Sé muy bien de qué huyo, pero no qué busco

En su ensayo La vanidad, Montaigne escribía: “A quienes me piden cuentas de mis viajes suelo responderles que sé muy bien de qué huyo, pero no qué busco”. Y añadía:

Viajar me parece un ejercicio provechoso. El alma se ejercita continuamente observando cosas desconocidas y nuevas. Y no conozco mejor escuela para formar la vida, como he dicho a menudo, que presentarle sin cesar la variedad de tantas vidas,  fantasías y costumbres diferentes, y darle a probar la tan perpetua variedad de formas de nuestra naturaleza. El cuerpo no está ni ocioso ni agitado, y ese moderado movimiento lo pone en vilo. Aguanto a caballo sin desmontar, enfermo de cólico como estoy, y sin aburrirme, ocho y diez horas.

Italia era la cuna de la civilización y Roma el lugar que toda persona cultivada debía conocer. Pero el largo viaje que Montaigne planificaba le servía también para alejarse por un tiempo de su país, y olvidar los conflictos religiosos que habían generado un ambiente de violencia en Francia. Quizás la mejor excusa de Montaigne, que padecía de cálculos renales, era la de tomar las aguas en famosos balnearios de Lorena, Suiza, Alemania e Italia. Empieza visitando los baños de Plombiéres, en los confines de Lorena y Alemania, y comenzamos a conocer las costumbres de aquellos lugares, así como las dificultades que Montaigne padecía para expulsar los cálculos, cuyo tamaño o aspecto serán descritos con todo detalle.

El placer de la variedad

Más tarde, también en el capítulo La vanidad, incluido en el libro tercero de Los ensayos, escribirá Montaigne:

La diversidad de formas entre una nación y otra sólo me afecta por el placer de la variedad. Cada costumbre tiene su razón. Sean los platos de estaño, de madera, de tierra, hervido o asado, manteca o aceite, de nuez o de oliva, caliente o frío, todo me da igual

El secretario describe minuciosamente las costumbres de cada lugar donde se alojan. Si las casas
tienen cristales, si disponen o no de cortinas, cómo se sirve la comida, cómo se lavan los vasos y los platos, qué artilugios se utilizan, cómo se preparan las trufas… En Basilea “son muy sucios en el servicio de habitaciones, pues afortunado es quien puede disponer de una sábana blanca”. Son numerosas las alusiones a los abusos en los precios “un poco tiránico, como en todas las naciones, especialmente en la nuestra, para con los extranjeros”. Más adelante sabremos que Montaigne no ha encontrado en toda Italia un “barbero bueno para arreglarle la barba y el pelo”. Cuando se hallaban en Lindau, Suiza, el secretario anota:
Florencia. Iglesia de San Lorenzo: "Hay en esta iglesia
varias pinturas al fresco y bellísimas estatuas, excelentes,
obra de Miguel Ángel
El señor de Montaigne tenía que lamentarse de tres cosas en su viaje: una de ellas era no haber llevado un cocinero para instruirlo en las prácticas culinarias y poder un día intentar hacerlas en su casa; la otra, que no había llevado un criado alemán o no había buscado la compañía de algún gentilhombre del país, pues vivir a merced de un pícaro de guía le hacía sentir una gran incomodidad; la tercera, que antes de emprender el viaje no había visto los libros que le podían advertir de las cosas raras y notables de cada lugar, ni llevaba un Munster o cualquier otro libro similar en sus baúles. A decir verdad, influía un poco en su juicio el apasionado desprecio que sentía hacia su país, que le producía odio y rechazo por diversas consideraciones; tanto que prefería incluso los retretes de aquel país en comparación con los franceses y hasta se resignó a beber el vino sin agua

Ningún placer tiene sabor para mí sin comunicación

Montaigne viajaba acompañado de cuatro jóvenes, entre ellos su hermano, Bertrand de Mattecoulon, de apenas veinte años. Pero no resultaron los compañeros ideales, aquellos que hubieran sentido el mismo gusto por el viaje y la misma curiosidad:

Siena:"La catedral, que no desmerece en nada de la de
Florencia, está casi totalmente revestida por dentro
y por fuera con ese mármol: piezas cuadradas, algunas
de un pie de grosor, otras menos, con las que cubren,
como un revestimento de yeso, las construcciones
hechas de ladrillo, que es el material común en esta región"
Creo sinceramente que, si él hubiera estado sólo con los suyos, habría ido a Cracovia o hacia Grecia por tierra antes que proseguir el viaje hacia Italia; pero el placer que le producía visitar países desconocidos, que le agradaba tanto como para hacerle olvidar la debilidad de su edad y su salud, no podía transmitírselo a ninguno del grupo, pues cada uno de ellos solo pedía la retirada.

Cuando se encuentre en Lucca, en el verano de 1581, Montaigne, con 48 años cumplidos, escribe:

Entre todas estas cosas, gozaba de un ánimo tranquilo, en la medida que lo permitían mi enfermedad y la vejez, ofreciéndoseme poquísimas ocasiones de turbarlo. Sentía solo la ausencia de una compañía que me fuera grata, viéndome forzado a disfrutar de estos bienes solo y sin comunicación.

En La Vanidad Montaigne insiste en esta misma idea:

Es una rara suerte, pero de alivio inestimable, disponer de un hombre honesto, de entendimiento firme y de costumbres acordes con las tuyas, a quien le agrade seguírtelo he echado mucho de menos en todos mis viajes. Pero una compañía así, hay que haberla elegido y logrado desde casa. Ningún placer tiene sabor para mí sin comunicación.

Viajando por Italia

Y así prosigue su viaje, visitando todo lo que desea conocer, como el lago de Garda, en Riva, el lugar en el que siglos después situaría Kafka el relato de El cazador Gracchus. En Verona ve a los judíos, visita su sinagoga y “se interesa mucho por sus ceremonias”. Después viaja a Padua y Venecia:

Siena: "El lugar más bello de la ciudad es la plaza redonda,
de una hermosa grandeza, que va inclinándose desde
todas las partes hacia el palacio que ocupa uno de los lados
de este redondel, menos curvo que el resto"
Él decía que la había encontrado distinta a como la había imaginado y un poco menos admirable; la vio y examinó todas sus particularidades con extremada diligencia. La organización política, el emplazamiento, el arsenal, la plaza de San Marcos y la abundancia de extranjeros le parecieron las cosas más destacables.

Pero “no encontró esa famosa belleza que se atribuye a las damas de Venecia”, como tampoco la va a encontrar en toda Italia. Se admira del número de cortesanas y del lujo en el que viven, y que algunos nobles mantengan las mantengan “a sus expensas, a la vista y conocimiento de todos”.

En Scarperia, en la Toscana, cuenta cómo los hospederos acechan a los viajeros “siete u ocho leguas antes de su llegada”, así que Montaigne, “como quería divertirse a costa de ellos, se dejaba entretener placenteramente con las distintas ofertas que cada uno le hacía, y no hay nada que no os ofrezcan: Anche ragazze e ragazza (también muchachas y muchachos).

Montaigne visita en Ferrara a Torcuato Tasso y es testigo de la locura del poeta, pero nada de esto se anota en el Diario. Acerca de Florencia escribe: “No sé por qué esta ciudad es considerada bella por excelencia; lo es, pero sin superioridad alguna sobre Bolonia, y poca sobre Ferrara, y está sin comparación posible por debajo de Venecia”.

Siena: "Enfrente del palacio, en lo más alto de la plaza
hay una fuente muy bella que, por varios caños, llena un
gran recipiente del que todos sacan un agua muy buena"
En Florencia admira las obras de Miguel Ángel en la iglesia de San Lorenzo, y la catedral: “una de las cosas más bellas y suntuosas del mundo”. Sin embargo los albergues en Florencia, “no tienen más que pequeños cuchitriles en los que hay miserables camastros con cortinas. Y  en cuanto a las comidas “sólo se sirven en vajillas de barro pintado, bastante sucias”.

De Siena escribe: “Pertenece a la categoría de las ciudades más bellas de Italia, pero no es de primer orden ni tiene el tamaño de Florencia” y admira su catedral, y sobre todo la plaza redonda “de una hermosa grandeza”.

Por fin Montaigne entra Roma el 30 de noviembre y allí permanecerá casi cinco meses, hasta el miércoles 19 de abril, día en que parte hacia el santuario de Loreto, donde el 25 de abril ofrecerá un exvoto.

Soportar humanamente los males

Después de pasar de nuevo por Florencia, se dirigirá a los Baños de la Villa, a 23 kilómetros al norte de Lucca. Describe detalladamente el balneario, y sus artilugios como “cierto sumidero que ellos llaman la doccia, que son unos tubos por los cuales se recibe el agua caliente en diversas partes del cuerpo y especialmente en la cabeza, por chorros que caen sobre vosotros sin cesar”. 

El malestar que le produce tomar un purgante con dolores de vientre y ventosidades que le atormentan casi veinticuatro horas”, le llevan a preferir un cólico a una purga:

El agua se encaminó más hacia el trasero, y me obligó a hacer varias deposiciones flojas y claras, sin esfuerzo alguno. Supongo que me hizo mal tomar esa pulpa purgante, pues el agua, encontrando la naturaleza encaminada e impulsada hacia el trasero, siguió ese camino, cuando yo, a causa de mis riñones, hubiese preferido que saliera por delante.

Pero en mitad de todos esos males físicos otro mal le sobreviene, la añoranza del que fuera su gran amigo: “Esa misma mañana, escribiendo al señor de Ossat, caí en el recuerdo tan penoso del señor de La Boétie, y estuve tanto tiempo sin poder apartarlo de mi mente, que me produjo un gran dolor”.

Florencia. Santa María de Novella: "Hacia el 23 se
celebró la carrera de carruajes, en una plaza grande
y hermosa, rodeada de bellas casas por todas partes, cuadrada,
más larga que ancha".
Por San Juan se halla otra vez en Florencia, donde “hacía un calor que asombraba a los mismos habitantes”. El  23 de junio se celebra la carrera de Palio dei Cocchi en la plaza de Santa María Novella, y escribe: “Me agrada este espectáculo más que ningún otro de los que he visto en Italia, por su semejanza con las carreras antiguas”. Por lo demás insiste en que esta ciudad “no es buena para los forasteros”; no hay alojamientos cómodos y las camas “están infestadísimas” de chinches.

Regresa a los Baños de la Villa y a sus cólicos, que no dejan de atormentarle. El 24 de julio expulsa una piedra:

Entonces, no sin molestia y sangre, tanto antes como después, la expulsé, grande y larga como un piñón, pero en un extremo gruesa como un haba, teniendo, a decir verdad, la forma exacta, exacta, de un cipote (cazzo). Tuve gran suerte de poder echarla fuera. No he echado jamás una que tuviera el tamaño de esta.

El dolor, o el miedo a la muerte no pueden impedirnos disfrutar de la vida. Vivir con moderación y soportar estoicamente los males eran los ideales de vida del señor de Montaigne:

Diario de viaje a Italia (Cátedra, 2010)
Las citas de La vanidad pertenecen 
a la edición de Los ensayos 
de  Acantilado (2007)
Serían demasiado grandes mi inutilidad y mi apocamiento si, encontrándome por este motivo en caso de muerte, y sintiéndola más cerca a cada hora, no me las ingeniase para poder soportarla sin angustia, antes que me pillara de sorpresa. Y entre tanto será razonable tomarse alegremente el bien que a Dios plazca enviarnos. No hay otra medicina, otra regla o ciencia para evitar los males, cuantos y cualesquiera sean los que por todas partes y a todas horas asedien al hombre, que decidirse a soportarlos humanamente, o a ponerles fin animosa y prontamente.

El 1 de octubre está de vuelta en Roma, desde donde, el día 15, partirá hacia Burdeos para ocupar el cargo de Gobernador; regresa a su tierra y a su lengua, el francés: “Cuando más me acercaba a mi casa, tanto más largo se me hacía el camino”.

Atrás había quedado el gran tour de su vida: Alemania, Suiza, Italia, y sobre todo, Roma, de cuyas anotaciones escribiremos en otra ocasión. Viajó por placer, guiándose por la curiosidad, experimentando la libertad del viaje, porque, como escribía en La vanidad, la naturaleza nos ha puesto libres y sin lazos en el mundo; nosotros nos aprisionamos en ciertos rincones”.

Montaigne en Roma (Diario de viaje a Italia, y II)

jueves, 12 de octubre de 2017

Cómo vivir. Una vida con Montaigne

Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos sino glosarnos los unos a los otros. 
         (Montaigne, “De la experiencia”)


La lectura de Montaigne puede cambiarnos la vida. Esta idea se ha convertido en un lugar común, y en cierta medida estoy de acuerdo con ella, algo cambia. Cuando repaso mis anotaciones de la primera vez que leí los Ensayos redescubro la sensación de que Montaigne sabía algo de mí y por eso me estaba diciendo lo que yo necesitaba, invitándome a participar en un diálogo que aún no ha concluido.

A menudo Montaigne se refiere a lo que él llama uno de sus defectos: la falta de memoria: “Las veces que me he confiado y entregado por entero a mi memoria, dependo tanto de ella que la abrumo; se asusta de su responsabilidad”, escribe en el capítulo IX del tercer libro. Todo lo olvida y ha de anotar lo que quiere conservar en el recuerdo. Sin memoria no es posible la ciencia, por eso él dice ir de un lado para otro en sus escritos. Su vida es su propio libro y en él se diseminan citas, ejemplos y recuerdos.  La vida se nos presenta en toda su complejidad, como si cada línea fuese un bisturí que disecciona al ser humano. Montaigne nos convierte en múltiples y poliédricos.

miércoles, 19 de julio de 2017

Stendhal y sus "Paseos por Roma"

Siempre me han gustado los libros de viaje y los mapas. Disfruto hojeando guías, buscando lugares en google o trazando líneas en el plano de una ciudad. La preparación de un viaje es un placer en sí mismo. Cuando no podemos viajar con la realidad lo hacemos con la imaginación.

Este vicio lo comparto con José Trapiello, Pipo, dueño de Librería Juan de Mairena. Hace unas semanas le comenté que quería viajar por Italia a través de Montaigne y Stendhal. Pipo decidió acompañarme y pidió a la distribuidora dos ejemplares de la edición del Diario de viaje a Italia de Montaigne. Sin embargo, cuando comenzó a buscar los Paseos por Roma de Stendhal, mi librero encontró una página de Internet en la que el libro había alcanzado un precio treinta veces superior a los diez euros en los que había salido a la venta. Se trataba de una primera edición ya descatalogada.

Mientras Pipo atendía a otros clientes, aproveché para mirar las estanterías repletas de libros que no habían sido comprados y que permanecían durante años en los anaqueles esperando a algún lector. Cuando llegué a la “s” lo vi: eran los Paseos por Roma de Stendhal, en la primera edición de 2007. Estaba nuevo, sin haber sido dañado, a pesar de ser una edición de bolsillo. Por supuesto mi librero me lo vendió a su precio original, con un pequeño descuento.

jueves, 6 de abril de 2017

Stein, Hemingway, Woolf y la generación perdida


Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, 
vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.
De una carta de Ernest Hemingway a un amigo (1950)

Imaginemos a Ernest Hemingway un día de 1933, cuando cae en sus manos la Autobiografía de Alice B. Toklas y lee las páginas que Gertrude Stein le dedica. El gran escritor y creador de un personaje único: él mismo, debió de sentirse bastante enfurecido con su autora.

A través de Alice, Stein –creadora también de otro gran personaje: ella misma– había hecho un malicioso retrato de Hemingway. El escritor había sido muy bien recibido en el 27 de la rue de Fleurus, cuando llegó siendo un atractivo y ambicioso joven. Hemingway y Stein conversaban mucho sobre la vida y el arte; ella le daba consejos: “Hay mucha descripción aquí, y descripción no demasiado buena. Vuelva a empezar y escriba con más cuidado”.

miércoles, 15 de marzo de 2017

"Autobiografía de Alice B. Toklas" I (Una rosa es una rosa es)

En 1933 Gertrude Stein (Alleghany, 1874-Neuilly-sur-Seine, 1946) publica la Autobiografía de Alice B. Toklas, con la que alcanza el éxito comercial y el reconocimiento del público. En esta obra abandona sus experimentos literarios y desciende a niveles más populares, del gusto de los lectores. Sin embargo, Stein había utilizado una técnica innovadora: había escrito su propia autobiografía valiéndose de la voz de Alice B. Toklas (San Francisco, 1877- París, 1967), su compañera desde hacía veinticinco años.

Este original recurso le permite a Stein escribir acerca de ella misma sin ahorrarse elogios y, al mismo tiempo, inmortalizar a su querida amiga Alice B Toklas. Pero que nadie espere encontrar algún chisme acerca de la relación amorosa entre ellas. Solo sabremos que se convierten en inseparables y que Alice admira profundamente a Gertrude. En cuanto al inicio de la convivencia, Alice se limita a decir:

Cuando llegué a París por vez primera, una amiga que me acompañaba y yo nos alojamos en un hotelito del Boulevard Saint-Michel, y luego alquilamos una vivienda en la rue Notre-Dame des Champs, y luego mi amiga regresó a California, y yo fui a vivir con Gertrude Stein en la rue de Fleurus.