sábado, 10 de diciembre de 2011

Pipo y la librería Juan de Mairena


No recuerdo la primera vez que entré en la librería; quizás porque es uno de esos lugares que siempre han estado conmigo, igual que un viejo amigo al que volvemos a ver después de muchos años y con el que retomamos una conversación como si no se hubiera interrumpido nunca. Eso debió de sucederme cuando me vi husmeando entre los estantes abarrotados: biografías, novelas, historia, poesía, clásicos… 

Un ordenado caos en el que pronto aprendí a moverme con soltura; sabía dónde se ubicaba cada libro, olía las novedades, mercancía fresca sobre la que me abalanzaba para leer la primera página y comprobar si merecía la pena llegar a la segunda; y disfrutaba ante un afortunado descubrimiento o me indignaba con un lanzamiento comercial que se trataba sólo de un fiasco, una trampa para lectores desprevenidos. 

Allí sentí también el desasosiego que produce la certeza de que jamás podría abarcar nada más que una pequeña parte de ese universo, porque el tiempo, mi tiempo, debía actuar como un implacable crítico literario.
Pipo, en una foto publicada en Diario Córdoba

El alma de esa librería es Pipo José Trapiello, figura quijotesca, con su barba y pelo plateados, moviéndose con ligereza entre las estanterías, recomendando libros, cargando y descargando cajas. Pipo pertenece a una rara especie en peligro de extinción, la de los libreros que aman los libros. No es el frío dependiente de unos grandes almacenes, ni el vendedor de best sellers y enciclopedias. No, nada de eso; Pipo es el librero que escucha, con el que se pueden compartir críticas de libros en conversaciones divertidas y sustanciosas, aunque a menudo sean apresuradas –suele aparecer un cliente o hay obligaciones que atender–; alguien que, en definitiva, comprende a los que padecemos este mal, el mal de la literatura,  el mal de Montano, como lo llamó Vila-Matas.

Pipo abrió la librería en 1975. Entonces era un joven maestro con inquietudes políticas y culturales que renunció a la seguridad de su plaza fija como funcionario para emprender una aventura incierta: vender libros. Y a eso lleva dedicado treinta y seis años. La librería se llama “Juan de Mairena”, pero en Lucena todo el mundo la conoce como “la librería de Pipo”. No es la antigua Shakespeare and Company de París, ni la Marks & CO, en el número 84 de Charing Cross Road, pero al igual que estos lugares con personalidad propia, nuestra librería de pueblo aglutina fragmentos de vida y de universo entre las estanterías que cubren por completo sus paredes.

La librería de Pipo es un organismo vivo, cambia con las estaciones. Cuando se acerca septiembre el mobiliario se recoloca y el desorden aparente da paso a una férrea organización. Es la hora de vender los manuales escolares, los cuadernos de anillas, las cajas de lápices de colores y los sacapuntas. Los clientes cogen su número, como en una charcutería, y esperan pacientemente su turno. No son días propicios para ir a pedir un libro extraño. Es mejor esperar a finales de octubre, cuando la librería comienza a adquirir su fisonomía y su olor acostumbrados. 

Luego llegan las novedades de Navidad, la mesa con los libros de regalo, los best-sellers esperando para ser envueltos. Durante estos años, primero Mari, luego Mariceli y Carmen, algo más que dependientas, han estado ahí, como parte imprescindible y querida de esta librería-imán. “Porque la librería es como un imán –me decía hoy Mariceli–; hasta cuando no trabajo y vengo al centro tengo necesidad de pasar por aquí”. Y es cierto. Hay algo que nos empuja a no pasar de largo, a entrar y decir buenas tardes, a comprobar que todo y todos siguen estando en su sitio.

Hace unos años, con la primavera, llegaron las ferias del libro en los institutos y colegios. Pipo se convirtió en el turronero de los libros, como a él le gusta decir. Participó también en la feria del libro de Córdoba con una caseta dedicada a la mejor poesía, pero no todo pudo venderse; así que, con las sobras, Pipo organizó un “top-manta” a precios especiales para clientes y amigos, en el que no faltó una degustación de su especialidad gastronómica: el pulpo a la gallega. Mi librero me ha enseñado muchas cosas; una de ellas –y no la menos importante– es que un buen pimentón es esencial en la cocina.

El escaparate
 Cuando no había Internet y era difícil conseguir en un pueblo ciertos libros, Pipo rastreaba hasta encontrar lo que se le pedía. De aquel tiempo recuerdo, especialmente el día que llegó mi ejemplar de la primera edición de Tres rosas amarillas, de Carver, y un libro que me gustaba hojear: Los Borbones en pelota, de los hermanos Bécquer; no lo compraba porque era un poco caro entonces para mí y porque se convirtió en otra excusa para visitar la librería. Hasta que un día el libro desapareció. Lo más probable es que hubiera sido empaquetado con otras novedades que no se vendían y que había que devolver a las distribuidoras. 

Debió de suceder en una de esas etapas en que, como otras clientas, abandoné la librería durante unos meses. Luego regresé con un cochecito de bebé y una preciosa niña que se quedaba prendada de los colores de los libros de plástico, muy adecuados para la bañera, o los de duro cartón, a prueba de golpes. “Suele pasar, nos concentramos en la crianza, y nos embrutecemos un poco, pero es pasajero”, bromeaba Pipo cuando le confesé que acaba de darme cuenta de que llevaba casi dos años sin leer por el simple placer de la lectura. Con el tiempo, en la librería, me había convertido en parte del paisaje. A nadie le sorprendía que me perdiera en el cuartito donde se guardaban los pedidos recién llegados, ni que me internase en el sótano con olor a humedad. Nadie me preguntaba qué quería o si deseaba algo. Simplemente estaba, estoy allí.

El centro de operaciones
En diciembre del 2005 celebramos el XXX aniversario de la “Juan de Mairena”. Debíamos seguir un protocolo: todos, los clientes y amigos, alrededor de las doce de la mañana, pasaríamos por la librería, casualmente, como otras veces lo habíamos hecho a lo largo de los años, y cada uno de nosotros compraría un libro. Era un secreto pacto de silencio que ya se había roto cuando llegué cerca de la una y compré Contra Sainte Beuve. Recuerdos de una mañana, de Proust. Pipo, sobrepasado por aquella peregrinación en la que se había convertido la librería, intentaba disimular a duras penas sus emociones. Escribimos unos breves discursos para publicarlos en la prensa y leerlos en el acto de homenaje. El texto que leí concluía de esta forma:

“Pipo es heredero de la mejor tradición española, la de la Institución Libre de Enseñanza, la de Antonio Machado y los intelectuales para los que el progreso del país radicaba en la enseñanza y la cultura, único modo de crear individuos que pensaran libremente, es decir, ciudadanos. Escribía Antonio Machado en Juan de Mairena que “los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que nunca han ido a ninguna parte”. No es este el caso de José Trapiello, Pipo, quien, a pesar de las dificultades, sabe caminar hacia delante sin perder la ilusión y la capacidad de asombro, movido por su amor a los libros, por una fe inquebrantable en el ser humano, y por ese compromiso ético que le llevó a crear, hace treinta años, la librería Juan de Mairena”.


8 comentarios:

  1. Para mí, que conozco la librería y que llegué a detentar ese privilegio de pasar al cuartillo donde estaban los pedidos con gomas elásticas esperando al comprador, resulta muy emotiva esta entrada. Mi capacidad de echar de menos se desborda cuando pienso en Lucena. Y una buena porción de ella está dedicada a la librería donde, entre otras cosas, un día conocí a Jesús Aguado y otro empecé a toser hasta que, casi sin respiración, se me saltaron las lágrimas. Ese día me fui al piso en Veracruz con la cara de color morado, aún sin poder dejar de toser ni apenas hablar, y con un bolsa de libros bajo el brazo. Prometo volver pronto.

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  2. Aunque ahora la visito menos, siempre que puedo doy una vuelta, y miro como de reojo las novedades que se apilan en el centro de tienda por si encuentro algún título de interés. Hace ya casi diecisiete años que pisé por primera vez de Pipo y la impresión hoy sigue siendo la misma. Siempre encuentro lo que busco y si no me lo encuentra él. No suele fallar. Y es que como se suele decir, tiene su puntito de misterio y eso en una librería, aunque sea pequeña es punto principal.

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  3. En realidad, la librería Juan de Mairena es tan solo el gabán que viste a Pipo y que, de alguna manera nos ha vestido a todas desde que Franco murió y se abrió la botonadura de la libertad en el pasaje de Juan Palma, 2 - Lucena (Córdoba).

    Pipo es mucho más que un librero, es un libro por escribir y un libro, de barba y redondas lentes, que hemos leído durante tantos años.

    El sospechoso comunista, rodeado de misterio y de oro de Moscú, que apareció en Lucena para poner ¡una librería! no podía ser otra cosa que Belcebú reencarnado. Así lo entendieron en la infancia de la Juan de Mairena quienes pretendieron impartir su inquisitorial justicia agrediendo sus cristales al amparo de la nocturnidad, la premeditación y la alevosía. No en vano se conjuraron en tan emblemático lugar varias circunstancias válidas para montar una hoguera en la Plaza Nueva y quemar en ella a quien tuvo la osadía de traer cultura al pueblo y montar un lugar de peregrinación intelectual en el solar donde hasta hacía poco hubo un sagrado convento dedicado al culto, derribado por el capitalismo inmobiliario y ocupado por un cierto comunismo libertario. Durante su juventud, el nido de peligrosos activistas culturales y Pipo, cómo no, sufrieron varias escaramuzas protagonizadas por las fuerzas vivas, en realidad fósiles nostálgicos con olor a incienso, que dieron con el librero en los juzgados para responder del delito de ejercer la libertad de expresión.

    El sarampión duró poco y hasta el cura Mollete fue cliente pasajero de la librería. Novedades imposibles y ofertas involuntarias de libros, cuyo precio guardaba el mismo polvo intemporal que los libros olvidados en los anaqueles durante años, eran los atractivos materiales del negocio de un Pipo, que era de todo menos judío especulador, cuyos libros respetaban el precio original, ajenos a la inflación. Los atractivos espirituales eran los más variados y curiosos porque la Juan de Mairena era mucho más que una librería.

    Pulpo a la gallega, hogaza de León y vino también leonés competían en el mostrador, de tarde en tarde, con libros, material escolar, juegos educativos y otros productos propios de la vida cotidiana en el Pasaje de Juan Palma, 2. Más asiduas solían ser las tertulias improvisadas en las que los libros se regaban con cerveza o vino y se acompañaban con embutidos loncheados que servía Sancho Panza Quintero desde el otro lado del tabique, justo en el local vecino.

    Otro de los atractivos era mancharse los zapatos con engrudo de pegar carteles en las estaciones electorales; otro más era su frecuente reconversión como centro coordinador de semanas culturales, jornadas pedagógicas o improvisada redacción de panfletos varios.

    Pero, de todo ello, me quedo con ese magnetismo que la hacía un poco la casa de todos y de todas, una especie de casa del pueblo con entrada libre y libre de afiliación obligatoria. Era la auténtica casa de conversación de una Lucena gris y lastrada por su pasado y su presente.

    Ya te digo, Carmen, la Librería de Pipo -Hola, ¿está Juan?, preguntaba la gente identificando el letrero del toldo con el nombre del dueño- es un libro de infinitas lecturas, un libro aún por escribir.

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    1. Verbarte, creo que la librería de Pipo se merece un post en tu blog. Gracias por tu excelente comentario que enriquece enormemente lo que yo había escrito y lo complementa.

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  4. En mis 40 años de distribuidor de libros, he conocido libreros de todo tipo, pero pocos como Pipo. No puedo dicernir si Pipo es mejor librero que persona, o mejor persona que librero, pero en cualquier caso parece que D. Antonio Machado, tambien se acordó de el, aunque Pipo todavia no hubiese nacido, cuando escribió aquello de " ... un hombre, en el buén sentido de la palaba, bueno".
    Paco Baena Altolaguirre

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    1. Gracias, Paco Baena, por haber dejado aquí estas hermosas palabras

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  5. Repasando tu blog he disfrutado releyendo todos los detalles descritos sobre la humana figura de Pipo y su entrañable librería. Precioso cuadro el tuyo, que se completa con el comentario impagable de Verbarte. Observo, Carmen, que cuando pintas a pié de calle se te da también muy lindamente. Gracias.

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    1. Gracias a ti, siempre, por tu lectura. Esta entrada siempre me ha dado muchas alegrías. Ha viajado muy lejos,ha sido muy leída, y se ha convertido también en parte de nuestra memoria

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