sábado, 11 de febrero de 2012

“Los descendientes” o el arte de contar historias

   Los niños que vivíamos en la España rural de principios de los años 70 nos acercábamos al cine a través de dos caminos: uno, la sesión infantil de los domingos por la tarde en el cine del pueblo; y otro, las películas que dos o tres veces por semana se emitían en la única cadena de televisión, la primera de Televisión Española, porque la segunda, a la que llamábamos UHF, era un lujo reservado a las grandes ciudades.
Los comentarios de Alfonso Sánchez, un señor con extraña voz nasal y un perenne cigarrillo, precedían a la emisión de las películas de la tele; pero entonces, para nosotros, sus interesantes análisis cinematográficos eran sólo el peaje que debíamos pagar antes de adentrarnos en una historia. Las películas solían agruparse en ciclos que giraban en torno a un actor o a un director. Por la pantalla en blanco y negro del televisor desfilaron filmes de los años 30, 40 y 50, desde Greta Garbo o Fred Astaire hasta Gene Kelly o Audrey Hepburn. Los más grandes actores de esas décadas, las más emblemáticas películas y los más grandes directores fueron sucediéndose cada semana: George Cukor, Billy Wilder, Jhon Ford, Orson Welles, Alfred Hitchcock...
Frente a los coloridos dibujos animados de Walt Disney en el cine del domingo, aquellas películas en blanco y negro nos iban descubriendo otra forma de narrar. Con diez o doce años no hubiera podido analizar los diálogos y las escenas, pero aunque sólo me interesaba la historia intuía que había algo más detrás de ella. Y entonces, en aquel pueblo frío del tardofranquismo, acurrucada junto a la mesa camilla, descubrí ese precioso regalo. A pesar de los rombos que anunciaban algún contenido no apto para la infancia, mi familia acabó por rendirse y aceptar que no me iría a la cama hasta que no acabase mi película. Además se vivía con la seguridad de que, al igual que en La Cenicienta, a las 12 en punto sonaría el himno de España envuelto entre imágenes de escudos, banderas y Franco, que seguía vigilante para que nada pasara en este díscolo país donde todos vivíamos en paz gracias a que este abuelo protector satisfacía nuestra  necesidad imperiosa de mano dura.
Y de esa forma, sin darnos cuenta, fuimos adquiriendo una pequeña cultura cinematográfica. Las casposas películas españolas de esos años quedaban relegadas a los cines de verano, donde comíamos pipas contemplando el buen trabajo de tanto actor desperdiciado que perseguía con la mirada fija las piernas de alguna actriz con minifalda. Pero nada de esto tenía que ver con aquel mundo en blanco y negro, en el que comencé a amar lo que después supe que era un arte.
Quizás por eso todavía busco en una película ese arte de contar una historia. Los seres humanos nacemos, crecemos, nos enamoramos, procreamos y morimos.  Mezclando amor y muerte, ingredientes esenciales, pueden elaborarse desde el telefilme más rutinario hasta la película más hermosa. De este modo la materia narrativa de Los descendientes, la película de Alexander Payne, hubiera dado para un telefilme lacrimógeno de sobremesa. No hay nada nuevo en esta historia y su final, esperanzador en la tristeza, es casi el que buscamos en un cuento de hadas. Pero Los descendientes, a pesar de los giros previsibles, no es un telefilme. Un excelente guión al servicio de una trama cotidiana pone al descubierto los claroscuros de una situación límite: esperar y aceptar la muerte de un ser querido. Contemplamos un cuerpo que se acerca al final, el deterioro diario mientras nuestra vida sigue, mientras leemos a su lado, comemos, discutimos, tomamos decisiones, y a veces reímos o sonreímos ante cuestiones que en esos momentos carecen de importancia. En la vida nos viene dado mezclar el humor y el drama. Reflejar esto de manera artística es un reto creativo; y Los descendientes consigue superarlo con una nota alta.  Al buen guión se le une una excelente fotografía en la que los paisajes de Hawái que imaginamos con gran colorido aparecen en la mayoría de ocasiones envueltos en una leve bruma, en un continuo nublado frente al sol y el cielo azul saturado que esperaríamos en un lugar paradisiaco.
Y si en las películas de aquella televisión de los años 70 aparecían repetidamente los mismos grandes actores, siendo ellos mismos, y a la vez convirtiendo en creíbles a sus personajes, algo similar sucede con George Clooney en Los descendientes. Por momentos me hizo recordar a Cary Grant, el que en La fiera de mi niña de Howard Hawks cantaba con Katharine Hepburn “Todo te lo puedo dar menos el amor, Baby”; el que intentaba reconquistar a la misma maravillosa Katharine en Historias de Filadelfia de Cukor, o mantenía un inquietante diálogo con Grace Kelly en el coche que bordeaba unos acantilados. Era el actor que parecía no mover ni un músculo de su rostro; con una sonrisa imperceptible se transformaba en un malvado, un intrigante o un hombre dotado de un gran sentido del humor.
Más de una vez, en el cine me he visto sumida en una especie de claustrofobia, he deseado huir de puro aburrimiento y he anhelado el sofá de mi casa donde hubiera podido quedarme dormida a gusto. Con Los descendientes he disfrutado hasta el último momento, hasta el final previsible. En eso radica el arte de saber contar una historia.



2 comentarios:

  1. El problema de esta película es la grandilocuencia con la que se nos ha presentado. No se puede vender como "la película del año" o "la interpretación de su vida [sobre G.Clooney]". Si lo es, debe ser sin hacer ruido.

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    1. Estoy de acuerdo contigo. Se trata de saber vender la mercancía. Lo que sucede es que los potenciales espectadores a los que les pueda gustar esta película abominan de esas frases vacías y grandilocuentes. Y los otros espectadores considerarán que simplemente los han timado.

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