miércoles, 7 de noviembre de 2012

El último crimen de Pascual Duarte


Durante los primeros años de este siglo, La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela fue una lectura obligatoria para los jóvenes andaluces que estudiaban segundo curso de Bachillerato. La novela, de innegable calidad literaria –eran malos tiempos para la lírica, como escribía Bertold Brecht–, estaba protagonizada por un cobarde asesino psicópata de mucho cuidado que vivía en un ambiente sórdido y que mataba porque “la sangre” parecía “el abono de su vida”, como le dijo a Pascual su primera mujer, poco antes de que la pobre se muriera de susto. Ninguno de los chicos a los que les di clase se entusiasmó con la obra y para algunos supuso un choque brutal, pues habían pasado directamente del lado oscuro de Harry Potter a esta novela que inauguró en España la corriente literaria que en su época llamaron “tremendismo”.

Los libros de texto de Lengua Castellana y Literatura no se ponían de acuerdo en cuanto al sentido de La familia de Pascual Duarte. En un manual se leía que la obra reflejaba “el ambiente pesimista de la posguerra”; en otro descubríamos que era una novela sobre la guerra, que “de forma ambigua” culpaba “a la República de los desmanes y los malos pasos de su protagonista”. Y otros la situaban justamente en la España anterior a la Guerra Civil. Pero en todos ellos, salvo excepciones, se dejaba claro que el comportamiento de Pascual se veía “determinado por el mundo rural en el que se desenvolvía”, o que ese ambiente rural y la circunstancia familiar se caracterizaban por la pobreza, la crueldad y la brutalidad[1].

La familia de Pascual Duarte se publica en 1942. Tres años antes habían terminado las batallas de la guerra civil, pero continuaba la tremenda represión judicial-militar fascista. Eran tiempos difíciles para todos, pero el joven Cela, de ideas entusiastas, pertenecía al grupo de los vencedores. Y si en un ambiente de escasez de alimentos y miseria moral, la vida era dura para todos, para los perdedores, que se vieron obligados al silencio, al miedo, a los paredones de fusilamiento, a las cárceles insalubres, a la redención por el trabajo en los campos de concentración, la existencia se convirtió en un auténtico suplicio.  

Julio Rodríguez Puértolas en su Historia de la Literatura Fascista[2], dedica  un capítulo a Camilo José Cela y su obra. A Cela le sorprendió el golpe militar en Madrid, pero en 1937 consiguió escapar a Francia, desde donde pasó a territorio franquista. Después de un breve servicio en el ejército fue declarado inútil por problemas de salud. En marzo 1938 envió una instancia al Comisario General de Investigación y Vigilancia ofreciéndose como espía en Madrid. Le denegaron la solicitud por menor de edad. Cela consiguió enrolarse de nuevo y fue destinado al Regimiento de Artillería Ligera número 16, en el que permaneció desde diciembre de 1938 hasta junio de 1939. Del 8 de febrero al 3 de marzo de 1939, el regimiento se detuvo en Torremejía, un pequeño pueblo de Badajoz, que más tarde Cela elegirá como espacio donde se desarrolle la historia de Pascual Duarte.

Cuando acabó la guerra Cela colaboró en revistas y periódicos fascistas. Fue protegido de Juan Aparicio, Jefe Nacional de Prensa y Propaganda, y gracias a él estuvo realizando actividades de censor entre 1941 y 1945. Como señala Rodríguez Puértolas se conservan documentos de sus actividades en el servicio de censura y “por sus manos pasaron no menos de 250 revistas y boletines diferentes”. En sus memorias escribió Cela: “De mis conductas censorias no he de hablar, todo menos pedir disculpas de algo que no me avergüenza”. Fueron numerosas las actividades falangistas de Cela en esa época: conferencias, presentaciones... Así, en El Español (10-IX-1942) Cela comentaba la poesía de Dionisio Ridruejo en un artículo –“La poesía y la sangre”– cuya idea central era “mientras haya sangre, habrá poesía”. Ya en un texto de 1940, recogido también por Rodríguez Puértolas, Cela había escrito: “Mussolini nos dijo que la Historia se mueve con la rueda de la sangre”.

Pascual Duarte: “La poesía y la sangre”

Cela, como los poetas garcilasistas, volvió su mirada y su pluma a la gloriosa época imperial de Carlos V. Su prosa tomó como modelo a El Lazarillo y utilizó la primera persona y el recurso del manuscrito encontrado por un transcriptor que sacaba “a la luz” al personaje, como “un modelo de conductas; un modelo para no imitarlo, sino para huirlo”. Las palabras de Pascual Duarte, un hombre de 55 años, aparecen por primera vez en una carta que el 15 de febrero de 1937 le envía, desde la cárcel de Badajoz, a un amigo del conde de Torremejía: “No quiero pedir el indulto porque es demasiado lo malo que la vida me enseñó y mucha mi flaqueza para resistir al instinto. Hágase lo que está escrito en el libro de los Cielos”.

La confesión de Pascual está dedicada: “A la memoria del insigne patricio don Jesús González de la Riva, Conde de Torremejía, quien al irlo a rematar el autor de este escrito, le llamó Pascualillo y sonreía”.  Ese “manso cordero, acorralado y acosado por la vida” –como lo describía su creador–, nos contará cómo ha llegado a la merecida situación en que se encuentra, en vísperas de ser ajusticiado por garrote vil. Nos describirá su casa miserable y su nada ejemplar familia, compuesta por un padre ladrón y maltratador, una madre alcohólica, infiel, que “vestía siempre de luto y era poco amiga del agua”, una hermana borracha y prostituta que introducirá a su chulo El Estirao, en la vida de Pascual; y un hermano, Mario, un enfermo mental –al que un cerdo le come las orejas–, que con diez años acabará ahogado en una tinaja de aceite.

Pascual siente debilidad por el “olor a bestia muerta” de su cuadra. Si le privaban de él, le “entraban unas angustias como de muerte”, tanto que, cuando viajó a la capital tuvo que oler su pantalón de pana para tranquilizarse. Mata a su perra, la Chispa, por gusto: “Tenía una sangre oscura y pegajosa, que se extendía poco a poco por la tierra”. A la vuelta a Torremejía, tras el viaje de novios, va a la taberna donde, sin que los amigos lo impidan porque “nunca fuera cosa de hombres meterse a evitar las puñaladas”, “arrea” a su amigo Zacarías “tres navajazos”: “Cuando se lo llevaban, camino de la botica (…), le iba manando la sangre como un manantial…”. Esa misma noche la mujer de Pascual aborta porque la ha descabalgado la yegua y nuestro protagonista mata al “animalito” con veinte navajazos: “Tenía la piel dura; mucho más dura que la de Zacarías… Cuando de allí saqué el brazo dolido, la sangre me llegaba hasta el codo”.

Tras la muerte de su hijo de once meses, Pascual, harto de las letanías de su mujer y su madre –“las mujeres son como los grajos, de ingratas y malignas”–, y por miedo a sí mismo, se marcha a Madrid. Al año regresa y encuentra a su mujer, Lola, embarazada. Nada más confesarle que ha sido de El Estirao, Lola muere y Pascual se cargará a ese chulo con un buen pisotón: “La carne del pecho hacía el mismo ruido que si estuviera en el asador… Empezó a arrojar sangre por la boca”.

Después de tres años en la cárcel Pascual quedó libre, lo “dejaron indefenso ante todo lo malo”: “Y creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre”. De nuevo tendrá que luchar contra sus instintos asesinos: “La idea de la muerte llega siempre con paso de lobo, con andares de culebra, como todas las peores imaginaciones”, hasta que por fin mata a su madre en una prodigiosa escena de sangre y violencia, acompañada de una sublime animalización de madre e hijo: “Rugíamos como bestias, la baba nos asomaba a la boca”. La madre acaba arrancándole un pezón de cuajo al hijo, momento que este aprovecha para clavarle la hoja en la garganta: “La sangre corría como desbocada y me golpeó la cara. Estaba caliente como un vientre y sabía lo mismo que la sangre de los corderos”.

Es tanta la cantidad de sangre que corre por las páginas de las confesiones de Pascual que, de vez en cuando, el autor dará un respiro a su personaje con excursos reflexivos de tono sensiblero: “Tal vez no me creyera si le dijera que en estos momentos tal tristeza me puebla y tal congoja, que por asegurarle estoy que mi arrepentimiento no menor debe ser que el de un santo”. En otras ocasiones nuestro protagonista reflexiona sobre su condición de asesino: “Se mata sin pensar, bien probado lo tengo; a veces sin querer”; o sobre el castigo divino que le espera, pues vive sus días en la cárcel  “solamente preocupado por la idea de que todo lo malo pasado ha de conducirnos al infierno”.

Con el asesinato de la madre acaban las cuartillas de Pascual, y vuelve la voz del trascriptor para decirnos, entre otras cosas:

Sobre lo que no hay manera humana de averiguar nada es sobre su actuación durante los quince días de revolución que pasaron sobre su pueblo; si hacemos excepción del asesinato del señor González de la Riva -del que nuestro personaje fue autor convicto y confeso nada más, absolutamente nada más, hemos podido saber de él…

La novela termina con dos cartas. Una del capellán de la cárcel, que narra cómo a Pascual le flaquearon las fuerzas en el momento de su muerte porque el maligno no le dejó morir bien. Y otra más explícita de un guardia civil que cuenta cómo Pascual “terminó sus días escupiendo y pataleando, sin cuidado ninguno de los circunstantes y de la manera más ruin y más baja que un hombre puede terminar; demostrando a todos su miedo a la muerte”.

Un guiño a las señoritas de la Sección Femenina o las tijeras del censor

Según cuenta Cela Conde, en la biografía Cela, mi padre, el primer artículo del escritor fue “en el consultorio sentimental de Y, Revista para la Mujer, de la Sección Femenina, donde cobraba a tanto la respuesta siempre que diera consejos amables y ponderados”[3]. Quizás fuera este trabajo como escritor, unido a su actividad de censor, lo que influyera en las escenas amorosas de La familia de Pascual Duarte. En la primera de ellas Pascual hace el amor sobre la tumba de su hermano, nada más terminar el entierro. Basta con que Lola –con la que después tendrá que casarse por haberla dejado embarazada–, le acuse de ser poco hombre: “¡Eres como tu hermano!”, para que Pascual inicie el forcejeo y la lucha: “La mordí hasta la sangre, hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven”. 

Tras una línea de puntos que indican al lector que un fragmento se ha censurado (recurso del “censor dentro del transcriptor” que utilizará Cela, con abundancia, en otros capítulos), descubriremos en el diálogo que eso era lo que Lola quería: “¡No eres como tu hermano!...¡Eres un hombre!”. El macho Pascual describe el final del encuentro amoroso con una metáfora que haría temblar los corazones de las virginales señoritas de la época: “La tierra estaba blanda, bien me acuerdo. Y en la tierra, media docena de amapolas para mi hermano muerto: seis gotas de sangre”.

Poco antes de que mate a su madre, en 1922, Pascual volverá a enamorarse de La Esperanza, pero esta vez la escena no pasará del beso de rigor –ella era bastante religiosa–, apasionado, casto, como de una película de la época a la que todavía el censor no le hubiera aplicado la tijera: “La besé ardientemente, intensamente, con un cariño y con un respeto como jamás usé con mujer alguna, y tan largo, tan largo, que cuando aparté la boca el cariño más fiel había aparecido en mí”.

De la censura al canon literario

Rodríguez Puértolas señala que La familia de Pascual Duarte no tuvo tantos problemas con la censura como después Cela se encargó de airear. La primera edición de 1942 fue bien acogida por ciertos sectores y se vendieron 1500 ejemplares. Fue la segunda edición la que censuró la Iglesia, cuando ya estaba casi toda vendida. La tercera edición se publicó en Argentina, y la cuarta, otra vez en España, con un prólogo de Marañón, que comparaba a Pascual con un héroe de la tragedia griega. Esto silenció a los detractores de la obra.  

Joaquín de Entrambasaguas, un crítico franquista, interpretaba así lo que no se decía en La familia de Pascual Duarte:

El encantador Pascual Duarte sería puesto en libertad, sin duda, apenas comenzada la guerra de liberación, por los marxistas, (…) para que defendiera al pueblo español –era el tópico grotesco y trágico– como tantos presos de delitos comunes lo fueron y en seguida él iría como dice, a su pueblo, donde estaría, los quince días que indica, para asesinar al Conde de Torremejía.

       J. L. Aranguren analizó la verdadera ideología de la novela y llamó la atención sobre la dedicatoria de Pascual al Conde de Torremejía, “su última víctima y su único crimen social”. Consideraba, pues la guerra civil como la clave de la novela. El tremendismo no era una descripción de la realidad, sino, paradójicamente, “una evasión de la realidad". Rafael Osuna, citado también por Rodríguez Puértolas, destacaba en 1979 el hecho llamativo de que Pascual Duarte no hubiese desaparecido en la matanza de Badajoz, como tantos prisioneros políticos, y que la regeneración del protagonista llegara “de manos de la Iglesia, en una cárcel franquista y nada menos que en el Badajoz de principios del 37”. Sin embargo, como señalaba Javier Cercas en su artículo “El pasado imposible”, publicado en 2002, La familia de Pascual Duarte seguía siendo considerada como un revulsivo antifranquista.

Con los años, Cela había cultivado la imagen de “enfant terrible de la literatura de posguerra”, como lo define Cela Conde en su biografía. Aunque Cela representaba, en verdad, a ese niño travieso y algo descarado de una familia bien avenida.

Lo que sucedió en la Torremejía real

En el año 2003 el historiador Francisco Espinosa publica La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz[4], un intenso trabajo de investigación sobre el recorrido que siguió la columna Madrid, que salió de Sevilla el 2 de agosto de 1938. En la introducción Espinosa recordaba que “el paso del Ejército de África por las tierras del suroeste en aquellos días iniciales de la sublevación creó un fenómeno particular, una forma de terror propia que nunca volvió a repetirse”. En 2006 Espinosa publica Contra el olvido. Historia y memoria de la guerra civil[5], una recopilación de artículos y conferencia, entre los que se incluye “Literatura e historia: el caso de Pascual Duarte o el crimen que nunca existió”, un análisis de la novela desde un punto de vista histórico.

El 10 de agosto de 1936 una de las agrupaciones de la columna Madrid, dirigida por el comandante Antonio Castejón, entró en Torremejía, un pueblo de 1000 habitantes cuya población se dedicaba a la agricultura. En una zona latifundista, lo peculiar de este pequeño pueblo “era que de las 2.282 hectáreas de su término municipal, 2.190 pertenecían a una sola propietaria”. La II República, con el proyecto de reforma agraria, había supuesto una esperanza para los jornaleros extremeños. Con el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 36, parecía que la reforma iba por fin a llevarse a la práctica, algo que les resultaba intolerable a los grandes propietarios.

Pascual regresó a su pueblo en los “días de revolución”, es decir, en los días posteriores al fracaso parcial del golpe militar. Pero en Torremejía, como en casi toda la provincia de Badajoz, no hubo ninguna revolución. Siguiendo las órdenes del Gobierno Civil se constituyó un comité y con la ayuda de unos cuarenta milicianos se detuvo el 23 de julio a varias personas: el párroco, un industrial, un obrero y seis propietarios. Los recluyeron en la iglesia, hasta que el 7 de agosto el presidente del comité decidió liberar a los presos, pues temían que “los huidos de Almendralejo, pueblo que ya había sido tomado por los fascistas, tomaran represalias contra los detenidos”. Francisco Espinosa cita el informe que en 1941 el Ayuntamiento de Torremejía envió al Fiscal Instructor de la Causa General de Badajoz:

En cuanto a las extracciones de presos y castigos a los mismos, afortunadamente no hubo ninguna extracción ni fusilamiento, así como tampoco castigos, únicamente la vigilancia que hacían en cuanto a su incomunicación y las palabras groseras que en determinadas ocasiones proferían contra dichos detenidos sin que hubiese atentados personales.

El conde de Torremejía había existido y su casa se conservaba en el pueblo. Pero los rojos no asesinaron a nadie. Y concluye Espinosa:  

Lo que sí ocurrió, como bien debió saber Cela con motivo de su estancia allí, fue que la represión fascista se abatió sobre los vecinos poniendo fin a la vida de unos cuarenta de ellos, todos hombres menos una mujer. Como era habitual, ninguna de estas personas fue inscrita en su momento en el Registro Civil.

De modo que Pascual Duarte, a diferencia de sus vecinos, es detenido en el 36, no se sabe dónde ni cuándo, lo ingresan en prisión, lo juzgan en consejo de guerra y lo ejecutan en febrero de 1937. Es decir, fue tratado con justicia y tuvo tiempo de escribir sus memorias en la cárcel. Tampoco la parafernalia del garrote vil era propia de esos días. Solo se utilizaba en ocasiones especiales y mucho menos para un rojo asesino como Pascual.

Pascual Duarte sería para Cela el prototipo del criminal-víctima, fruto de la vida que le ha tocado vivir, de ese medio rural tan violento: “¡Así da gusto! Si los hombres del campo tuviéramos las tragaderas de los de las poblaciones, los presidios estarían deshabitados como islas”, reflexiona Pascual cuando ve en Madrid cómo unos hombres discuten sin acabar en navajazos. Badajoz, con tantos jornaleros, era un terreno abonado para miles de criminales-víctimas. Por eso, aunque Pascual “no fuera totalmente responsable de sus actos, debía ser eliminado para proteger a la sociedad”.

Francisco Espinosa abre su artículo sobre Cela con una cita del Comandante Antonio Vallejo Nájera, nombrado por Franco jefe del Gabinete de Investigaciones Psicológicas desde agosto de 1938, cuyo objetivo era investigar las “raíces biopsíquicas del marxismo” y demostrar la “naturaleza psicosocial degenerativa e inferior del enemigo”.  Vallejo Nájera escribía que “La ligera excitación psíquica que produce en el pueblo el comienzo del hambre tradúcese bien pronto en un embotamiento afectivo que prepara el camino hacia la necrofagia y la crueldad”.  Espinosa señala que “en su estancia en Torremejía, en 1939, Cela tuvo que ver inevitablemente la miseria y el luto que el paso del fascismo dejaron en aquella pequeña comunidad” donde el ejército de África había asesinado al cuatro por ciento de la población. 

En un artículo titulado “Sobre los tremendismos”, escribía Camilo José Cela:

Una obra tremendista (…) que no quiera caer en el cisma ha de retratar el mundo con una cruel y descarnada sinceridad; ha de contar siempre toda la verdad; jamás podrá ser desleal a su calendario y a su geografía; ha de ser clara como el aire de las montañas, caritativa como los bienaventurados que sufren en silencio, tierna como una loba amamantando a un niño, honesta sin tabús ni juegos de palabras, y valerosa y arrojada como un héroe adolescente y enloquecido.[6]






[1] Las frases entrecomilladas pertenecen a los siguientes manuales: Contexto. Lengua Castellana y literatura, 2ª Bachillerato (2003), de la editorial SM. Apóstrofe. Lengua y Literatura 2 (2003) de Magisterio Casals, y Lengua castellana y Literatura 2 (2009) de Editorial Oxford. Se apartaba de esta línea el manual Lengua castellana y Literatura II publicado por Akal en 2000, uno de cuyos autores era Julio Rodríguez Puértolas.
[2] RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, J., Historia de la Literatura Fascista II, Madrid, Akal, 2008.
[3] CELA CONDE, C. J., Cela, mi padre. Ediciones Temas de hoy, Madrid, 1989.
[4] ESPINOSA, F., La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz, Barcelona, Crítica, 2003.
[5] ESPINOSA, F., Contra el olvido. Historia y memoria de la guerra civil, Barcelona, Crítica, 2006.
[6] CELA, C.J., La rueda de los ocios, (1957), incluido en Obras completas, vol 13. Ediciones Destino y Planeta, Barcelona, 1990

3 comentarios:

  1. Me parece muy interesante y completo. Pero no entiendo por qué no se dice o aclara del todo si esta obra tiene una función propagandística y manipuladora con la pretensión de justificar matanzas como la de Badajoz.

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