viernes, 1 de marzo de 2013

Baudelaire, Highsmith y “El hombre de la multitud”

                
Jeune femme relevant sa jupe et marchant
vers la gauche
,
de Constantin Guys
No a todos les es dado tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y sólo puede darse a expensas del género humano un atracón de vitalidad aquel a quien un hada insufló  en la cuna el gusto del disfraz y la careta, el odio del domicilio y la pasión del viaje.
Multitud, soledad: términos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. El que no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en una muchedumbre atareada.                                                                                        

                                              Baudelaire, "La muchedumbre"

                                                     

Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Higsmith, aparece por primera vez inmerso en el escenario de una gran ciudad, Nueva York, donde un desconocido lo sigue. La sensación de ser perseguido por alguien acompañará a Ripley en otras ciudades, hasta alcanzar el final de El talento de Mr. Ripley (1955), la novela que inicia la serie de la que fue protagonista. Ripley se encuentra a gusto yendo de un lado a otro, fingiendo ser quien no es, dejando que la multitud lo absorba. Él, un asesino, es uno más de los transeúntes de Roma, Venecia o París, en este itinerario de su recorrido por Europa.
Bajo la máscara de Richard Greenleaf, Ripley experimenta en París “una verdadera aniquilación de su pasado y de él mismo”. Ha dejado de ser un hombre insignificante, de expresión “tímida, atemorizada” para convertirse en un joven rico al que todos solicitan, “sin nada en el pasado que pudiese manchar su carácter. Era Dickie, el bueno e ingenuo de Dickie, con su sonrisa para todo el mundo y mil francos listos para pasar a manos de quien se los pidiese”. Es Nochebuena, acaba de salir de una fiesta a la que le habían invitado unos desconocidos, y está solo, aunque no se siente solo:

Salió a la calle y encaminó sus pasos hacia el Arc de Triomphe, que estaba iluminado por los reflectores. Resultaba extraño sentirse tan solo y, al mismo tiempo, sentirse parte de lo que le rodeaba, como acababa de sucederle en la fiesta. Volvió a experimentar la misma sensación entre la multitud que abarrotaba la plaza de Notre-Dame. Había tal gentío que resultaba imposible entrar en la catedral.

Patricia Highsmith
Poco después, en Palermo, volverá a sentirse solo, pero ya no será “la sensación de estar solo sin sentirse tal cosa, como en París”. Ahora sabe que es muy difícil para él entablar amistades, “porque eso constituía un peligro”, podía ser descubierto. Ripley acabará instalándose en Venecia, la ciudad sin automóviles, donde el único sonido de las calles es el producido por las palomas y por los numerosos transeúntes: “Eso daba a la ciudad un aire más humano. Las calles eran sus venas y la gente que iba y venía constantemente era la sangre”. Ya no le quedaba otra alternativa que volver a su antiguo nombre, dejar de creerse su propia historia: “Se sentía triste. No tenía miedo, pero presentía que el acto de identificarse como Thomas Ripley iba a ser una de las cosas más tristes que había hecho en toda su vida”.
Casi un siglo antes, en 1863, Baudelaire había publicado su ensayo El pintor de la vida moderna. En él se refería a El hombre de la multitud, el relato de Edgar Allan Poe:

¿Recuerdan un cuadro (¡en verdad es un cuadro!) escrito por la pluma más poderosa de esta época, que tiene por título El hombre de la multitud? Tras el cristal de un café, un convaleciente, contemplando la multitud con regocijo, se une, con el pensamiento, a todos los pensamientos que se agitan a su alrededor. Recientemente regresado de las sombras de la muerte, aspira con delicia a todos los gérmenes y todos los efluvios de la vida; como ha estado a punto de olvidar todo, recuerda y, con ardor, quiere acordarse de todo. Finalmente, se precipita a través de esta multitud en busca de un desconocido cuya fisonomía, entrevé en un abrir y cerrar de ojos, le ha fascinado. ¡La curiosidad se ha convertido en una pasión fatal, irresistible!

El personaje-narrador de Poe “notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del ennui; disposición llena de apetencia”: con un “interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba”. Miraba hacia la calleuna de las principales avenidas de la ciudad”, en la que a todas horas transitaba “una densa multitud”. Al principio observa a los viandantes en masa, pero después comienza a fijarse en los detalles. Contempla cómo actúan los hombres que pertenecen a la categoría de “decentes”, “hombres dueños de su tiempo, y hombres activamente ocupados en sus asuntos personales, que dirigían negocios bajo su responsabilidad”. Camuflados entre estos, se hallan los “individuos de brillante apariencia”, de la “especie de carteristas elegantes que infesta todas las grandes ciudades”; los jugadores profesionales, “fácilmente reconocibles”, por “un tono reservadamente bajo al conversar” y “un pulgar más alargado”. Conforme llega la noche, la escala social de los transeúntes irá descendiendo: buhoneros judíos, mendigos débiles, espectrales inválidos. Pasarán también “innumerables e indescriptibles borrachos” y, junto a ellos, “obreros de todas clases, vencidos por la fatiga”.
Sortie de l'Opéra, de Constantin Guys
     Entre las transeúntes de Poe no aparecen las damas burguesas, sino las “modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor” que se sienten afligidas “ante las ojeadas de los rufianes”. Pero la mayoría de las mujeres que a esas horas pueblan la gran avenida de Londres son las rameras “de toda clase y edad”, desde las más hermosa hasta “el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos"; o la niña “que arde en el devorador deseo de igualarse con sus mayores en el vicio”.
Todo el cuadro estaba lleno de una “ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa”. Ya es de noche y el narrador que observa se siente más atraído por la escena: “Los resplandores del gas, débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y esparcían en derredor una luz agitada y deslumbrante”. En ese momento, el rostro de un viejo decrépito le llama la atención; le recuerda a las “encarnaciones pictóricas del demonio”. Desea saber más de él y decide seguirlo, abriéndose paso entre la multitud. Un desgarrón en el abrigo del anciano dejará ver “el resplandor de un diamante y de un puñal”. Perseguidor y perseguido recorrerán un Londres lluvioso y envuelto en una “espesa niebla húmeda”. El viejo se mueve de una extraña manera y al narrador le es “imposible comprender lo misterioso de sus acciones”. Acabarán en el barrio más pobre, guarida de criminales, donde, en una taberna, se encontrarán “entre grupos del más vil populacho de Londres, que se paseaban tambaleantes de un lado a otro”. Para el narrador el viejo llega a representar “el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud”.
Baudelaire, fotografiado por Nadar en 1855
El pintor de la vida moderna es uno de los ensayos esenciales de Baudelaire. A partir del elogio de su amigo, el pintor Constantin Guys,  Baudelaire  nos dejará su concepto de modernidad como “lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno e inmutable”. Y para que “la modernidad sea digna de convertirse en antigüedad, es necesario que se haya extraído la belleza misteriosa que la vida humana introduce involuntariamente”. Esa es la tarea del Sr. G., (Constantin Guys) “el artista pintor de costumbres”, “el perfecto paseante (flâneur), el observador apasionado”: 

(…) Ver el mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de esos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente. El observador es un príncipe que disfruta en todas partes de su incógnito.

El genio de este artista reside en la curiosidad; al igual que el narrador del relato de Poe es como si “se encontrara siempre, espiritualmente, en estado convaleciente”; y la convalecencia es como un retorno a la infancia.

"El genio no es más que la infancia recuperada a voluntad, la infancia dotada ahora, para expresarse, de órganos viriles y del espíritu analítico que le permite ordenar la suma de materiales acumulada involuntariamente."

Au salon, scène de maison close, de Constantin Guys
Un tema esencial en el pintor de lo cotidiano es la mujer, “ese ser terrible e incomunicable con Dios”,  “incomprensible porque no tiene nada que comunicar”, “una especie de ídolo, estúpido”, escribe Baudelaire, uno de los grandes misóginos de la Literatura Universal. Las mujerzuelas, “los diferentes tipos de la mujer errante, de la mujer rebelde en todos los niveles”, encuentran su lugar idóneo entre los hervideros de vida de las grandes ciudades. En Londres y París se moverán desde la mujer galante hasta “las esclavas confinadas en tugurios”, donde se agitan “ninfas macabras y muñecas vivientes cuya mirada infantil deja escapar una claridad siniestra”.
Walter Benjamin, en su ensayo Sobre algunos temas en la obra de Baudelaire, analiza el tema de la multitud que, a esas alturas del siglo XIX, se había organizado ya como público y reclamaba ser retratada en la novela contemporánea. Esto lo entiende así Víctor Hugo con novelas como Los miserables. Sin embargo en las Fleurs du mal o en el Spleen de París “Baudelaire no describe la población ni la ciudad. Y justamente esta renuncia le ha permitido evocar a la una en la imagen de la otra. Su multitud es siempre la de la metrópoli; su París es siempre superpoblada”. Así en los Tableaux Prisiensse puede verificar casi la presencia secreta de una masa. Para Benjamin “la masa era el velo fluctuante a través del cual Baudelaire veía París”. Las viejecitas de “Les petites vieilles”, casi fuera del presente buscan “destacarse en la masa”, y ese es su “heroísmo”. Los esqueletos se transforman en una masa de difuntos. Y, aunque en el soneto “Á une passante” no hay nada que recuerde a la multitud, “el proceso depende de la masa, así como del viento la marcha de un velero”:

Con velo de viuda, velada por el hecho de ser transportada tácitamente por la multitud, una desconocida cruza su mirada con la mirada del poeta. El significado del soneto es, en una frase, el que sigue: la aparición que fascina al habitante de la metrópoli –lejos de tener en la multitud sólo su antítesis, sólo un elemento hostil– le es traída sólo por la multitud. El éxtasis del ciudadano no es tanto un amor a primera vista como a “última vista”. Es una despedida para siempre, que coincide en la poesía con el instante del encanto.

En Poe, señala Benjamin, la multitud “aparece tan tétrica y confusa como la luz de gas en la cual se mueve”. Los movimientos son extraños y hasta los hombres de negocios tienen algo de demoníaco. Para Benjamin “el cuadro esbozado por Poe no se puede definir como “realista”, la fantasía lo “deforma conscientemente”. El espectáculo de la gente debe parecer “algo amenazador”. Y esa imagen de la multitud es “la que ha resultado decisiva para Baudelaire”:

Si por un lado él sucumbe a la violencia con que la multitud lo atrae hacia sí y lo convierte, como flâneur, en uno de los suyos, por otro, la conciencia del carácter inhumano de la masa, no lo ha abandonado jamás. Baudelaire se convierte en cómplice de la multitud y casi en el mismo instante se aparta de ella.

Baudelaire relaciona al hombre de la multitud de Poe con el tipo del flâneur (paseante). Sin embargo, según Benjamin, “‘El hombre de la multitud’ no es un flâneur, pues en él el hábito tranquilo ha sido sustituido por otro, el maníaco”. Los transeúntes se mueven como autómatas en una gran ciudad. A pesar de un aparente descuido, hay una cierta sensación de peligro, por lo que los sentidos, el oído y la vista, deben estar despiertos. Baudelaire se refiere así a la prostituta: “Dirige la mirada al horizonte como el animal de presa; la misma inestabilidad, la misma distracción indolente, pero también, de improviso, la misma atención repentina”. Es la atención que se despierta en el que, en un momento, puede ser sorprendido, como el Ripley de Highsmith, transeúnte ya no de una sola ciudad, sino del mundo. Los transeúntes del siglo XX, algunos ocultos bajo un disfraz o careta, se mueven por aeropuertos, descienden a los grandes hormigueros del metro, circulan a gran velocidad por carreteras que los llevan de un lado a otro.
En el ensayo Edgar Allan Poe: su vida y sus obras, publicado en 1852, Baudelaire, traductor de Poe, escribió:

Unas desdichadas deudas de juego originaron una desavenencia pasajera entre él y su padre adoptivo, y Edgar —hecho de los más curiosos y que prueba, pese a lo que se ha dicho, una dosis de caballerosidad muy grande en su impresionable cerebro—concibió el proyecto de tomar parte en las guerras de los helenos y de ir a luchar contra los turcos. Partió, pues, hacia Grecia. ¿Qué fue de él en Oriente? ¿Qué hizo allí? ¿Estudió las costas clásicas del Mediterráneo? ¿Por qué le encontramos nuevamente en San Petersburgo, sin pasaporte, comprometido, y en qué clase de asunto, obligado a recurrir al ministro americano, Henry Middleton, para librarse de la sanción rusa y volver a su casa? Se ignora; existe ahí una laguna que él sólo hubiese podido llenar. La vida de Edgar A. Poe, su juventud, sus aventuras en Rusia y su correspondencia han sido anunciadas largo tiempo por los periódicos americanos, pero no han aparecido nunca.

Y nunca aparecerían, porque en esos dos años misteriosos, entre 1827 y 1929, Poe no se movió de los Estados Unidos. Él mismo se encargó de acrecentar su leyenda y murió, en 1849, sin desmentirla.
Los transeúntes del siglo XXI siguen moviéndose por las ciudades, embarcando y desembarcando de los rápidos medios de transporte; pero además el nuevo transeúnte viaja por espacios antes insospechados. A través de las ventanas del ordenador, el nuevo transeúnte se asoma al mundo, donde una muchedumbre se mueve y agita como él. Este nuevo flâneur dispone de todas las facilidades para viajar con el disfraz o careta que desee. Las redes sociales se convierten en un hervidero en el que caben posibilidades infinitas. La imagen y la ficción suplen a la realidad y cualquiera puede crearse un personaje e inventarse la historia de su propia vida.
Si Poe hubiera vivido en esta época, probablemente en su mapa de Facebook habría   incluido “Atenas”, “Estambul”, San Petersburgo… Baudelaire, su hermano espiritual y artístico, analizaba de este modo la esencia de los personajes de su admirado escritor:

Los personajes de Poe, o más bien el personaje de Poe —el hombre de facultades sobreagudizadas, el hombre de nervios relajados, el hombre cuya voluntad ardorosa y paciente lanza un reto a las dificultades, aquel cuya mirada se clava con la rigidez de una espada sobre objetos que se agrandan a medida que él los mira— es Poe mismo.

5 comentarios:

  1. ¿Puedo citar a mi muy querido Robert Walser en Jakob von Gunten? Lo intentaré:
    "Salgo con cierta frecuencia, y una vez fuera, en la calle, tengo la impresión de vivir un cuento de hadas donde todo es caótico y desenfrenado. ¡Cuántos empellones y apretujones! ¡Qué estrépito! ¡Qué barahúnda! ¡Cuántos gritos, pisotones, zurridos y traqueteos! ¡Y qué estrechez y hacinamiento en todo!(...) ¿Qué es uno realmente en medio de ese oleaje, de esa abigarrada corriente humana que no tiene cuando acabar?" Saludos, Carmen.

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    1. Muchas gracias, Vero, por tu lectura y por tu interesante aportación. Aún no he leído esa obra de Walser, pero está en mi lista, esperando. Un abrazo

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    2. Oh, Carmen, tenés que leer a Walser, era uno de los maestros de Kafka, de quien noto que tenés un vasto conocimiento. Abrazo para vos.

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    3. Es uno de los tesoros que me esperan. El paseo es una auténtica maravilla. También tengo pendiente a Kleist, a quien Kafka tanto admiraba. Pero el tiempo...

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    4. ¡Michael Kohlaas! Cuando lo leas recordarás al agrimensor y al enjuiciado.

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