domingo, 10 de noviembre de 2013

Las casas de Kafka

La casa "Zur Minute"
Buscando la Praga de Kafka, III

En el sueño, al pasar junto al Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, Franz Kafka se cruzó con un joven que llevaba abierto un enorme paraguas rojo. “¿Inglés?, ¿español?”, preguntó el muchacho, con una sonrisa amable y un poco descarada. “Alemán”, respondió el Doctor Kafka. “Pero puede hablarme en checo si lo prefiere”. “¿Quiere hacer una visita guiada por la Ciudad Vieja? Ofrecemos los mejores precios”. “Lo siento, conozco demasiado bien esta zona y no voy a perderme”, dijo el doctor Kafka. “Tenemos otra ruta. A las doce sale una excursión hacia el Castillo.  Se visitan varios palacios, la catedral, la casa de Kafka... Es muy barato, aunque tendrá que pagar las entradas a los monumentos". "¿Kafka?". "Sí, el escritor. Vivió en el callejón de Oro", le aclaró el joven. "Disculpe, la información que le han dado no es exacta. Pasé un tiempo allí, escribiendo. De hecho es un buen lugar para ello, pero nada apropiado para vivir. Carece de las comodidades de una vivienda moderna", le explicó el Doctor Kafka. El joven asintió con la cabeza, a modo de despedida, pues a paso ligero cruzó la plaza y abordó a una pareja que acababa de llegar.
Desde la casa del Minuto



Al Doctor Kafka le pareció algo descortés la actitud del muchacho pero, como sólo se trataba de un sueño, no le dio más importancia. Dirigió hacia su mirada hacia la casa “Zur Minute” y se quedó contemplando el edificio al que se había mudado con sus padres en 1889. Abajo había una tienda “al minuto”, como se decía en italiano, donde se vendía un poco de todo. En el primer piso de esa casa de estilo gótico nacieron sus hermanas: Elli, Valli y Ottla. Con seis años, en septiembre de 1989, comenzó a salir de aquel portal a diario para ir a la escuela. Aún recordaba las bromas de la cocinera que lo acompañaba, y de este modo se lo había contado a Milena Jesenská en una carta:

La cocinera de la familia, una mujer pequeña, seca, nariguda, pálida y de mejillas hundidas, pero firme, enérgica y autoritaria, me llevaba a la escuela cada mañana. (…). Al salir por el portal, la cocinera me decía que iba a contarle al maestro lo mal que yo me portaba en casa. La verdad es que yo no me portaba demasiado mal, pero sí es cierto que era testarudo y holgazán, y andaba siempre triste y enfadado, y sin duda, contando todo eso la cocinera podría haber confeccionado una bonita historia para el maestro. (…) Más o menos a la entrada de la Fleichmarktgasse… el miedo empezaba a predominar. La escuela ya era algo temible por sí sola, y encima la cocinera se empeñaba en ponerme las cosas más difíciles todavía.

La Sixthaus
La calle Celetná

Como en el sueño era domingo y no tenía que ir a trabajar, el Doctor Kafka decidió pasear por los lugares donde había vivido en otro tiempo. El recorrido no era demasiado largo y se sentía con fuerzas, así que subió por la Plaza de la Ciudad Vieja hacia la Zeltnergasse (Celetná), la animada calle comercial que acababa en la Torre de la Pólvora y enlazaba la Ciudad Vieja y la Nueva. Desde septiembre de 1888, hasta julio de 1889, la familia había vivido en el número 2 de esa calle, en la Sixthaus, la casa de Sixto. En septiembre de 1892 se mudaron de nuevo, pero al número 3, al segundo piso de la casa “Zu del Drei Königen” (de los Tres Reyes), donde su padre ya había instalado su negocio cinco años atrás. Kafka disponía de una habitación propia y de un escritorio para él solo, algo nada habitual en un joven estudiante, como recordaría su amigo Hugo Bergmann.  Allí pasó sus años de bachillerato y de universidad, empezó a escribir sus primeros esbozos literarios, y también se entretuvo mirando por la ventana, como aquella “primera vez” que en una carta le describiría a Milena:

La casa de los Tres Reyes
Recuerdo la primera noche. Vivíamos entonces en la Zeltnergasse, enfrente había una tienda de confecciones, a la puerta solía asomarse la vendedora, yo tenía más o menos veinte años y me paseaba incesantemente en mi habitación arriba, iba y venía, estudiando nerviosamente todas esas cosas, para mí sin sentido, que exigía el programa de primer año. Era en verano, hacía mucho calor, un tiempo realmente insoportable, me detenía a cada rato junto a la ventana, con el repugnante Derecho romano entre los dientes, por fin empezamos a entendernos por señas. Yo tenía que ir a buscarla al anochecer, a las ocho…

En junio de 1907 la familia volvió a mudarse. Cambiaban la estrecha calle –donde el negocio ya se había trasladado al número 12– por una zona nueva. La casa “Zum Schiff” (la casa del Barco), en el número 16 de la Niklastrasse, en la que vivirían hasta 1913, era una de las primeras viviendas modernas de estilo Jugendstil que se habían construido en la zona que ocupaba el viejo gueto judío. El dueño del edificio era un checo pero la mayoría de los inquilinos pertenecían a la burguesía alemana. El Doctor Kafka cruzó la Plaza de la Ciudad Vieja y tomó la calle Niklas (Pařížská). Pasó por la casa donde ahora vivía con sus padres, pero no se detuvo. Al llegar al final de la calle, junto al río, el Doctor se dio cuenta de que el sueño había borrado la casa Zum Schiff y en su lugar se había levantado un hotel. Pero a Kafka no le cabía duda alguna de que en otro sueño había vivido allí, pues el 5 de noviembre de 1911 había escrito en su diario:

Quiero ponerme a escribir con un permanente temblor en mi frente. Estoy sentado en mi habitación, en el cuartel general del ruido de toda la casa. Oigo golpear todas las puertas, cuyo estrépito solo me ahorra los pasos de quienes se mueven entre ellas, oigo incluso el golpe seco de la portezuela del horno en la cocina…

En aquel momento atravesaba el puente un tráfico realmente interminable
(La condena)
Y el paisaje que podía ver desde la ventana seguía siendo casi igual a como lo había descrito el 29 de octubre de 1912:



Hoy me emociona ver escaleras. Ya a primera hora, y luego varias veces, he disfrutado contemplando desde mi ventana el trozo triangular visible de la barandilla de piedra de la escalera que, a la derecha del Puente Checo, baja hasta la explanada del muelle. Muy empinada, como si fuera una rápida insinuación. Y ahora estoy viendo, al otro lado del río, una escalera sobre el talud que conduce al agua. Está allí desde siempre, pero solo queda al descubierto en otoño y en invierno, cuando retiran la Escuela de Natación que la oculta durante el resto del año, y queda allá, en la hierba oscura, bajo los árboles pardos, en el juego de la perspectiva.
El edificio de la antigua Escuela Civil de Natación
Allí nacieron Georg Bendemann, Karl Rossman y Gregor Samsa. Desde su habitación, el joven Bendemman de La condena miraba por la ventana con “el codo apoyado en el escritorio, en dirección al río, al puente y a las colinas de la otra orilla, cubiertas de un pálido verdor”. El Doctor Kafka había escrito su historia “de un tirón durante la noche del 22 al 23, [de septiembre de 1912] entre las diez de la noche y las seis de la mañana”, aquella “larga noche, cuando se abrió la herida por primera vez”, como le contaría a Milena.  En La transformación, escrita entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912, Gregor Samsa, con gran esfuerzo, empujaba una silla hasta la ventana para “trepar luego al antepecho y, bien afianzado en la silla, apoyarse en él, sin duda para recordar vagamente la sensación liberadora que antes solía procurarle mirar por la ventana”.

  Bilkova 10. Perdí la foto, así que la tomé 
  prestada de esta interesante página:
                                kafkaesk.es
El Doctor Kafka miró por última vez hacia el puente antes de dar la vuelta y regresar a la plaza Vieja. Pero, al pasar por el cruce con la calle Bílek, recordó esa otra casa (Bílkova 10), a la que se fue a vivir solo en el verano de 1914, cuando comenzó la guerra. Era el piso de su hermana Valli, que estaba de viaje. Su otra hermana, Elli, cuyo marido había sido llamado a filas, se había ido a vivir al domicillio familiar del Altstädter Ring (Staroměstské Náměstí). Con tanta gente la casa se quedó pequeña, así que todos se sintieron aliviados cuando el hijo soltero se mudó. El 11 de julio de 1914 Kafka escribió en su diario: 

No tengo tiempo. Hay movilización general. Karl y Pepa han sido llamados a filas. Ahora recibo la recompensa de estar solo. Con todo, casi no es una recompensa, pues estar solo comporta únicamente castigos. Aún así, toda esta miseria apenas me conmueve y estoy más decidido que nunca. Por las tardes tendré que ir a la fábrica, no viviré en casa, pues Elli se traslada con sus dos hijos a nuestra casa. A pesar de todo, escribiré, pase lo que pase, es mi lucha por la supervivencia.

Sin que le faltase la comida y la atención diaria en casa de sus padres, por fin iba a disponer de una vivienda para él solo, aunque no estuviera casado, pues acababa de romper su primer compromiso con Felice. El 3 de agosto escribe:

Solo en casa de mi hermana. Está a menor altura que mi cuarto, también es una calle apartada, de ahí las ruidosas charlas de los vecinos abajo, delante de las puertas. También silbidos. Por lo demás, soledad perfecta. Ninguna anhelada esposa me abre la puerta. Dentro de un mes debería haberme casado. Una frase terrible: Lo que has querido, eso tienes.

En febrero de 1915, tal y como anotó en su diario el día 9 de ese mes, el Doctor Kafka tomó “por fin una habitación. En la misma casa de la Bilekgasse”. Al día 10, recién instalado, ya se había dado cuenta de todos los inconvenientes:

Primera noche. El vecino se pasa horas y horas charlando con mi patrona. Ambos hablan en voz baja, mi patrona de forma casi inaudible, lo que todavía es peor. Interrumpido, quién sabe por cuánto tiempo, el escribir, que se había puesto en marcha desde hace dos días. Pura desesperación. ¿Es así en todos los pisos? ¿Me aguarda esa misma calamidad, ridícula, absolutamente letal, en toda patrona que me alquile una habitación, en toda ciudad?

La casa "Zum Goldeneh Hecht", ahora en reforma
El 1 marzo, “con gran esfuerzo, tras semanas de preparación y de angustia”, decide dejar la habitación. La nueva vivienda no quedaba muy lejos. El Doctor Kafka siguió por la calle Bilkova hasta el final; en el cruce con la calle Kozi giró a la derecha y subió en dirección al Savoy, que en el sueño había cambiado de nombre. Pasó de largo y continuó su camino hacia la casa “Zum Goldeneh Hecht” (la casa del Lucio de Oro), en el número 16 de la calle Dlouhá, a la que se mudó el 15 de marzo de 1915 y donde  permaneció hasta finales de febrero de 1917. Era una construcción nueva, de estilo Sezession vienés. Su habitación, acogedora y amplia, tenía unas inmejorables vistas a la iglesia de Týn. El 17 de marzo de 1915 anota en su diario:

Perseguido por el ruido. Hermoso cuarto, mucho más agradable que el de la Bilekgasse. Dependo mucho de las vistas, las de aquí son bellas, la iglesia de Tyn. Pero gran ruido de los carros abajo, al que, sin embargo, ya voy habituándome. Imposible habituarme, sin embargo, al ruido de la tarde. De vez en cuando un estruendo en la cocina o en el pasillo. Encima de mí, en el suelo, ayer, perpetuo rodar de una bola, como en los bolos, finalidad incomprensible; después, abajo, también piano.
Las torres de la iglesia de Týn
Necesitaba escribir de noche y totalmente aislado. El mundo exterior le producía “angustia”; pero se sentía culpable por apartarse de la vida y ni siquiera los sueños le redimían de esa lucha que se libraba diariamente en su interior. Siguió con su paseo; se dirigió otra vez a la Plaza Vieja y la cruzó sin detenerse. Volvería más tarde. Todavía le quedaba un largo y hermoso camino hacia la calle Zlatá, en el Castillo (Hradčany). A mediados de 1916 su hermana Ottla le había ofrecido una casita que ella había alquilado en la callejuela de Oro. Era su secreto con Ottla. Ella había comprado muebles de caña y lo había arreglado todo para que él dispusiera de un retiro para escribir:


En la calle Zlatá
Al principio tenía muchos defectos… Ahora la encuentro perfecta para mí. Por todo: por lo bonito que es el camino hasta allí, por el silencio… Me subo la cena y suelo quedarme hasta la medianoche; después vuelvo a casa, lo que tiene una ventaja: como me cuesta tanto despejarme del trabajo, luego me va bien dar un paseo para despejar la cabeza. Y mi manera de vivir allí: es algo muy especial lo de tener tu propia casa, y aislarte del mundo cerrando no la puerta de la habitación ni la del piso, sino la de la casa entera, y luego, al salir por la puerta, pasar directamente de la vivienda a la nieve del callejón silencioso.




Cuando subía las escaleras hacia el Castillo, el Doctor Kafka se cruzó con el joven del paraguas rojo, al que seguía un grupo de quince o veinte personas. Hubiera querido saludar al muchacho, pero parecía demasiado ocupado pues, mientras bajaba los escalones, hablaba en voz muy alta y extendía los brazos señalando a derecha y a izquierda.

Al llegar a su destino, a Kafka le impidió el paso un hombre uniformado. “Oiga, esta es la salida”, le dijo. “Si quiere visitar esta zona del Castillo deberá ir a la taquilla, que está más arriba, y comprar la entrada.” ¿Comprar la entrada para la calle Zlatá? Otra de esas bromas que deparan los sueños. En el verano de 1917 la propietaria de la casa había rescindido el contrato: “Mejor así, tal vez no hubiera podido seguir en esta casita tan húmeda”, había escrito, el Doctor, aquejado ya de tuberculosis.

La calle Tržiště. A la derecha, el Palais Schönborn
Kafka decidió salir del Castillo y caminar hacia la Kleinseite (Malá Strana), donde en marzo de 1917 alquiló una vivienda en el viejo Palais Schönborn,  en el número 15 de la calle Tržiště. La casa, de dos habitaciones, era fría y olía a moho; pero el lugar, junto al mercado de verduras, era muy tranquilo y disponía del suficiente espacio por si se casaba con Felice, con la que se había vuelto a comprometer. Sin embargo ese verano había escupido varias veces sangre en la escuela de natación. No le dio más importancia, pero en la noche del 12 al 13 de agosto sufrió una grave hemorragia interna. Más tarde, se lo contaría de este modo a Milena:

Hace unos tres años empezó, en plena noche, con un vómito de sangre. Me levante alterado, como nos altera siempre una novedad (en vez de quedarme acostado, como después me recetaron) y, naturalmente, también un poco asustado; iba a la ventana, me asomaba, volvía al lavatorio, daba vueltas por el cuarto, me acostaba; la sangre no cesaba (…). Cesó (no se repitió nunca más, por otra parte), y pude dormir durante todo el resto de la noche. Por la mañana entró la criada (en esa época yo vivía en el Schönborn-Palais), una muchacha buena, casi abnegada, pero notablemente realista; vio la sangre y me dijo: “Señor doctor, usted no va a durar mucho”. Pero yo me sentía mejor que antes, me fui a la oficina y no consulté al médico hasta la tarde. El resto de la historia no importa.

Y el 15 de septiembre escribiría en su diario:

Si, como tú mismo dices, la herida de tus pulmones solo es un símbolo, un símbolo de la herida cuya inflamación se llama Felice y cuya profundidad se llama justificación, si eso es así, entonces también son símbolos los consejos médicos (luz, aire, sol, reposo). Agarra ese símbolo.

Debido al esfuerzo sobrehumano que representó mi empeño en casarme (…) 
acabó brotando la sangre de los pulmones, aunque en ello probablemente 
también tuvo alguna responsabilidad el piso del palacio Schönborn, 
que yo creía necesitar para escribir. (Carta al padre)
Durante unos meses había tenido tres casas: la del castillo, en la que escribía, la de sus padres, donde transcurría la vida familiar, y la del palacio Schönborn. Años después, tras haber pasado un tiempo solo, durante la visita de su tío de Madrid (“Me he mudado al departamento vacío de mi hermana, que está en Marienbad, para dejar lugar a mi tío”), el Doctor Kafka le había escrito a Milena:

Hace tres días que perdí la felicidad de vivir en la casa vacía, ahora estoy en casa. (…) Tal vez no sea justamente lo vacío de la casa lo que me hace tanto bien, o por lo menos no sea ése el motivo principal, sino el hecho de poseer dos casas, una para el día y la otra, más lejos, para el atardecer y la noche. ¿Lo comprendes? Yo no, pero así es.

Franz Kafka paseó un rato junto al palacio, hasta que se percató de la presencia de tres hombres vestidos de negro, apostados junto a un extraño vehículo. Los tres parecían estar pendientes de cada movimiento suyo, y el sentirse vigilado le inquietó. Levantó la cabeza y pudo ver que en el balcón ondeaba una bandera conocida. Una placa junto a la puerta informaba de que en el sueño el Palais Schönborn se había transformado en la embajada de los Estados Unidos.

La Casa Oppelt
Había llegado la hora de volver a la Casa Oppelt, en la Plaza de la Ciudad Vieja (Staroměstské Náměstí, 5), en cuya cuarta planta los Kafka instalaron el domicilio familiar desde noviembre de 1913 hasta 1932. Ottla también vivió con su marido en el tercer piso, desde 1920 hasta 1924. Pero el sueño parecía empeñado en gastar bromas pesadas. Era la hora de comer, sus padres comenzarían a preocuparse y, sin embargo, la cuarta planta no estaba allí. Toda la familia pensaba que la enfermedad de Franz se curaría con buenos cuidados y él no podía defraudarles. Pero el cuarto piso ya no existía. La casa se había restaurado en 1946 con una planta menos, pues en 1945 había quedado muy dañada durante los combates contra los nazis.

Para llenar un poco el tiempo antes de despertarse, el Doctor Kafka bajó hasta la casa de la esquina de las calles Maisel y Karpfen, adosada a la iglesia de San Nicolás. Según le habían contado, fue en ese lugar donde nació y donde vivió hasta los dos años. Pero aquella modesta casa –justo en la frontera del insalubre y degradado gueto judío, que aún existía en 1883 y la noble Ciudad Vieja– fue dañada por un incendio en 1897. Sólo se salvó el portal, que se integró en la nueva vivienda.

La plaza Franz Kafka
Cuando bajaba hacia allí por Staroměstské Náměstí el Doctor Kafka volvió a encontrarse con el joven del paraguas rojo. Ahora lo llevaba cerrado en una mano, mientras con la otra empuñaba un objeto que tenía pegado al oído, y con el que parecía sostener una conversación interesante. De no haberse producido esta escena en la calle, el doctor Kafka hubiera asegurado que el joven mantenía una conferencia telefónica. Con un movimiento de cabeza, saludó al muchacho, pero este no se percató.

Kafka se acercó a la esquina en la que un día estuvo su casa natal. Un hombre que salía de un vehículo amarillo, aparcado junto a un cartel con la palabra “taxi”, le ofreció sus servicios. “Tarifas oficiales, puede estar tranquilo”. “No, gracias, solo estaba dando un paseo”. El doctor Kafka levantó entonces la mirada. Entre las placas de dos calles, una escultura representaba la cabeza de alguien al que reconoció: era él. A la derecha, en el letrero con fondo rojo y letras blancas, leyó: Náměstí Franze Kafky”. En verdad aquella noche estaba durmiendo como no lo hacía desde mucho tiempo atrás pues, como le escribió a Milena en una carta: “De un sueño semejante uno se despierta sólo cuando ya se ha disipado totalmente, antes uno no puede desprenderse, lo retiene a uno por la lengua.”

Sobre Praga y Kafka
Kafka y el Club de la Materia Kafkiana (Buscando la Praga de Kafka, y VI)

Las citas pertenecen a las siguientes ediciones:

KAFKA, F., Diarios. Carta al padre. Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2000.
KAFKA, F. Cartas a Milena. Madrid, Alianza Editorial, 2010.
WAGENBACH, K., “Ensayo biográfico”, en KAFKA, F., Novelas. Barcelona, Galaxia Gutemberg, 1999.

3 comentarios:

  1. Excelente paseo por la historia, los paisajes y los sueños. En praga me quedo a la espera de otra ruta con el Doctor Kafka y Carmen con su paraguas rojo de sentimiento y palabras. Enhorabuena.

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    1. Muchísimas gracias, Verbarte. Aún nos quedan algunos paseos por la hermosa Praga en compañía de Kafka.

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  2. Gracias, me ha impulsado a releer a Kafka.

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