sábado, 14 de febrero de 2015

"Orlando": historia de una novela y de una traducción

Portada de Orlando. Fuente: Wikipedia
Virginia Woolf publicó Orlando en 1928. La novela no se parecía a nada de lo que había escrito hasta entonces. Orlando comenzó siendo un juego, un divertimento. Virginia necesitaba descansar de experimentalismos, dejar que las frases se deslizaran con la espontaneidad y rapidez de una carta, escribir algo ligero, como una parodia. Pero esa criatura acabó convirtiéndose en un ser con vida propia que reclamaba su lugar en la historia de la literatura.

La génesis y elaboración de Orlando están unidas a la vida de su creadora. En Virginia Woolf. La vida por escrito, Irene Chikiar Bauer bucea a través de documentos autobiográficos para componer la historia de esta novela y de la relación que mantuvieron las escritoras Virginia Woolf (1882-1941) y Vita Sackville-West (1892-1962), una experiencia que tomaría forma literaria en Orlando.


Virginia y Vita se conocieron a finales de 1922. A Virginia Woolf le fascinó la personalidad de Vita. No la consideraba una intelectual pero admiraba su belleza y desenvoltura. Vita era una aristócrata casada con un diplomático, Harold Nicolson, con el que tenía dos hijos; había mantenido varias relaciones homosexuales y había protagonizado un escándalo debido a un romance con Violet Trefusis. El marido de Vita también era homosexual y ambos formaban una pareja perfecta.

En 1924 Virginia Woolf, invitada por el padre de Vita, conoció el gigantesco castillo de Knole, que más tarde inspiraría el Orlando. Sobre Vita y aquel edificio, construido en 1456, Virginia escribió en su diario:
             
Todos estos ancestros y siglos, y plata y oro, le han creado un cuerpo perfecto. Ella es como un ciervo, o un caballo de carreras, excepto por la cara, que hace pucheros, y no tiene un cerebro muy afilado. Pero en cuanto a cuerpo, el suyo es perfecto.
             
Vita Sackville-West en 1916.
Fuente: Wikipedia
Y en una carta a su amigo Jacques Raverat, Virginia Woolf describía a Vita con motivos que después aparecerán en Orlando:
             
Pero su verdadero mérito notable son, si se me permite ser tan burda, sus piernas. Oh son exquisitas, corriendo como esbeltos pilares hasta su tronco, que es el de un coracero sin pechos (aun así tiene dos hijos), pero todo en ella es virginal, salvaje, patricio; y por qué escribe, lo cual hace con completa competencia y una pluma de bronce, es una incógnita para mí.

La amistad entre las dos mujeres iba estrechándose; se trataba de una relación especial en la que cada una jugaba su papel. Vita elogiaba las obras de Virginia y era su rendida admiradora. Acerca de Vita, Virginia escribiría en su diario: “Derrama generosamente sobre mí la protección maternal que, por alguna razón, es lo que más he deseado siempre que me dieran todos”.

En diciembre de 1925 las dos escritoras pasaron tres días en la casa de campo de Vita y según una carta de esta a su marido durmieron juntas. Después de aquellos días, Virginia escribió:
                         
Me gusta ella y me gusta estar con ella, y el esplendor: brilla en la tienda de comestibles de Sevenoaks como iluminada por velas, anda con paso majestuoso sobre piernas como hayas, sonrosada y radiante, arracimada de uvas, adornada de perlas. Ese es el secreto de su atractivo, supongo. (…) ¿Qué efecto tiene todo esto sobre mí? Muy contradictorio. Está su madurez y su busto lleno; el hecho de que navegue a toda vela en la pleamar, mientras yo voy costeando por los remansos; su capacidad, quiero decir, de salir a la palestra en cualquier lugar, de representar a su país, de ir de visita a la mansión Chatsworth, de controlar la plata, los criados y los perros chao; su maternidad (pero es un poco fría y despreocupada con sus hijos), el ser, en suma, (lo que yo nunca he sido) una verdadera mujer.
             
Entre enero y mayo de 1926, Vita estuvo en Persia con su marido. La acompañaba la poeta Dorothy Wellesley, con la que mantenía un romance. En esos meses Vita y Virginia se enviaron cartas que muestran cómo evolucionaba la relación. Irene Chikiar Bauer incluye en su biografía citas de aquellas cartas que parecían un “duelo epistolar”, pues ambas escritoras querían lucirse en esa correspondencia en la que, en palabras de Irene Chikiar, “ambas competían por ver quién era más afectuosa”.

El alejamiento había enfriado la relación. No obstante Vita y Virginia volvieron a pasar unos días juntas. Irene Chikiar señala que Virginia no se consideraba “safista”, como el círculo de amigas de Vita, quien tampono se consideraba una lesbiana militante; por ello su amistad no tenía por qué interferir en sus matrimonios. Virginia no escribió nada acerca del grado de intimidad ni en su diario ni en las cartas a su marido, Leonard Woolf. Pero Vita sí le escribió a Harold, su marido, pues a este le preocupaba la fragilidad de Virginia:
           
Amo a Virginia, ¿quién no? Pero realmente, mi dulce, el amor de uno por Virginia es algo muy diferente: una cosa mental; una cosa espiritual; si lo prefieres, una cosa intelectual, y ella inspira una sensación de ternura. (…). También ella me ama, lo cual me halaga y complace… Estoy asustada a muerte de generar sentimientos físicos en ella, por su locura. Desconozco qué efecto tendría, verás: es un fuego con el cual no quiero jugar. Tengo demasiado afecto real y respeto por ella… Además, Virginia no es el tipo de persona que uno piensa de esa manera. Hay algo incongruente y casi indecente en la idea. Me he acostado con ella (dos veces), pero eso es todo.
             
Castillo de Knole. Fuente:commons.wikimedia.orgs
A principios de 1927 Virginia Woolf pasó dos noches en el castillo de Knole y, guiada por Vita, visitó el gigantesco edificio y tomó notas acerca de sus impresiones. El 14 de marzo Virginia escribió en su diario que aquella noche había concebido un nuevo libro. Orlando sería una biografía y una parodia del género –“Mi propia vena lírica ha de ser satirizada”, había anotado–. La vida de su biografiado se iniciaría en el siglo XVI y acabaría en el siglo XX. Su protagonista comenzaría siendo un joven y en mitad de la historia se convertiría en una mujer. Tiempo después, absorta en su proceso creativo, Virginia Woolf anotó en su diario:

Y me abandoné a la pura delicia de esta farsa, que disfruto tanto como haya disfrutado nunca cosa alguna; y me he provocado una semijaqueca de tanto escribir y he tenido que detenerme, como un caballo cansado, y tomar un pequeño somnífero anoche (…). Estoy escribiendo Orlando en un estilo burlón, muy claro y sencillo, de modo que la gente entienda cada palabra. Pero el equilibrio entre verdad y fantasía ha de ser muy cuidado. Está basado en Vita, Violet Trefusis, lord Lascelles, Knole, etc.
             
Por esa época Vita, que tenía una nueva amante, se había distanciado de Virginia. Ella no podía darle a Vita la pasión sexual, pero en cambió iba a ofrecerle algo único: una novela, un homenaje, algo que las mantendría unidas en el tiempo. Vita sería para siempre Orlando. Virginia decidió incluir en el libro fotografías e ilustraciones. Así, su sobrina Angélica aparecería en una fotografía como la princesa Sasha; y varias fotos de Vita, tomadas por el fotógrafo Lenare, representarían a Orlando en distintas épocas de su vida.

Virginia Woolf pensaba terminar Orlando en diciembre, pero el proyecto fue creciendo. Vita, que sabía lo que estaba creando Virginia, le escribió en una carta:
           
Tienes mi total permiso. Solo que creo que habiéndome agarrado y despedazado, deshilachado y vuelta a enroscar, o lo que sea que pretendes hacer, deberías dedicárselo a tu víctima.
             
En enero de 1928 muere el padre de Vita y, debido a las leyes inglesas, su querido castillo de Knole pasa a ser propiedad de un tío varón, otro motivo más de la vida de Vita que se recreará en Orlando. El 17 de marzo Virginia Woolf acaba al fin la novela y así se lo comunicó a Vita: 
             
 ¡¡¡ORLANDO ESTÁ TERMINADO!!!
¿Sentiste un cierto tirón, como si tu cuello se rompiera el domingo pasado a la una menos cinco? Fue cuando él murió, o más bien dejó de hablar, con tres puntitos suspensivos… Ahora cada palabra deberá ser reescrita, y no veo posibilidad de terminarlo para septiembre. Está desorganizado, incoherente, intolerable, imposible, y me tiene harta. Ahora la pregunta es la siguiente: ¿cambiarán mis sentimientos por ti? He vivido en ti todos estos meses; ahora que he salido, ¿cómo eres realmente? ¿Existes? ¿Te he inventado?
             
En septiembre Virginia y Vita viajaron juntas a Francia. Fue un viaje agradable en el que Vita se encargó de todas las cuestiones prácticas. No hubo pasión amorosa, solo amistad. Orlando, apareció el 11 de octubre de 1928, publicado por la Hogarth Press, la editorial del matrimonio Woolf. Enseguida alcanzó un enorme éxito literario y la crítica la consideró una obra maestra. Vita, que solo leyó el libro una vez publicado, le escribió a Virginia Woolf:

No puedo decir nada excepto que me encuentro completamente encandilada, fascinada, encantada, bajo un hechizo (…). … y es que después de todo me toca tan personalmente, y no sé tampoco qué decir a ese respecto, solo que me siento como una de esas figuras de cera en la vitrina de una tienda, sobre la cual has colgado una bata cosida con joyas. (…) Querida, no sé y ni siquiera me gusta describir, tan avasallada estoy, cómo has podido colgar tan espléndido atuendo sobre una pobre insignificancia.

Un nuevo personaje entra en escena: la historia de una traducción

Victoria Ocampo.
Fuente:commons.wikimedia.org
En los años treinta Virginia Woolf era ya una escritora famosa. Con el tiempo Vita y ella se habían ido alejando, aunque su amistad perduraba. Orlando era un vínculo que las unía. Pero esta novela proseguía también sola su camino y en una de las encrucijadas fue a dar con una mujer excepcional: la escritora y editora argentina Victoria Ocampo.

A través de los escritos autobiográficos de Victoria Ocampo y de las cartas y diarios de Virginia Woolf, Irene Chikiar Bauer nos relata la historia de este encuentro. La primera vez que Victoria Ocampo oyó hablar de Virginia Woolf fue en París. Sylvia Beach, la dueña de la librería Shakespeare & Company, le había recomendado Un cuarto propio con estas palabras: “Estoy segura de que usted sueña con este libro”.

Desde entonces Victoria Ocampo ansiaba conocer a Virginia Woolf, y pudo conseguirlo a finales de noviembre de 1934, en una exposición del fotógrafo Man Ray. Las presentó  Aldous Huxley, quien había informado a Victoria de que quizás Virginia asistiese a ese acto. Victoria Ocampo escribió acerca de ese encuentro: “Yo la miré con admiración. Ella me miró con curiosidad”. Y Virginia Woolf anotó en su diario:

Una rasta [acortamiento de rastaquouère] sudamericana… (…)muy madura y rica; con perlas en las orejas, como si una gran falena hubiera dejado caer cúmulos de huevos, el color de un damasco bajo vidrio; ojos abrillantados creo por algún cosmético; pero allí nos quedamos y hablamos, en francés e inglés, sobre la Estancia, las grandes habitaciones blancas, los cactus, las gardenias, la riqueza y opulencia de Sudamérica; así como de Roma y Mussolini, a quien ella acababa de ver.
           
Victoria Ocampo halagaba a Virginia, le enviaba orquídeas y regalos –en una ocasión le haría llegar una caja de raros ejemplares de mariposas de Brasil–.  Quería publicar los libros de Virginia Woolf en su editorial Sur, y esta le sugirió tres de sus obras para que se tradujeran: Un cuarto propio, Orlando y Al faro. Vita seguía presente, como señala Irene Chikiar Bauer:

Divertida con su exótica adquisición, y con el fin de azuzar la curiosidad de Vita, recluida en su “torre rosa”, Virginia le escribía: “Estoy enamorada de Victoria Okampo” o “He tenido que pedirle a Victoria Okampo que cesara de enviarme orquídeas”.

En sus escritos autobiográficos Victoria Ocampo dejó el testimonio de su relación con Virginia Woolf y de cómo utilizó el elemento exótico para llamar la atención de la escritora. Así, como tras su viaje a Sudamérica, Darwin –a quien Virginia había leído–, había comparado a las mujeres de Buenos Aires con sirenas, Victoria Ocampo visitó por primera vez la casa de los Woolf vestida con “un traje bordado con medias lunas de lentejuelas plateadas y doradas, lo más aproximado a las escamas que corresponden a la mitad pez de toda sirena respetable”. A Virginia Woolf Sudamérica le parecía un mundo lejano e imposible. A pesar de las invitaciones para ir allí, nunca se decidió a emprender el viaje. En 1935 le escribe a Victoria:
             
Cuán remota y hundida en el tiempo pareces, allí, en las vastas… ¿cómo las llamas, esas inmensas tierras azul grisáceas con el ganado salvaje y el pasto de las pampas y de las mariposas? Cada vez que salgo por la puerta me hago otra imagen de Sudamérica: y sin duda te sorprenderías si pudieras verte en tu casa como yo la imagino. Siempre hace un calor de asarse, y hay una mariposa posada en una flor plateada.
             
En enero de 1939, Virginia Woolf escribió una carta a Vita Sackville-West –que iba a dar unas conferencias en París– para comunicarle que Victoria Okampo (así escribía Virginia el apellido), que se encontraba por esas fechas en París, deseaba conocerla para publicar algo suyo en la revista Sur. El encuentro se produjo, y las cartas que se escribieron Vita y Virginia, acerca de Victoria revelan cierto aire de superioridad e ironía. Virginia y Vita no llegaban a entender a Victoria y lo que ella significaba para la cultura argentina. Como señala Irene Chikiar Bauer estas mujeres tenían bastante en común: eran escritoras, editoras, defendían los derechos de las mujeres…

Victoria Ocampo volvió a visitar a Virginia en 1939. El 23 de junio Virginia se refirió a esta visita con dos palabras “Ocampo hoy”. Sin embargo Victoria Ocampo describió los pormenores del encuentro, al que había ido acompañada por la fotógrafa Gisèle Freund. Victoria explicaba que, gracias a su mediación, Gisèle Freund había podido realizar su famoso reportaje fotográfico del matrimonio Woolf.

Por su parte, la novela Orlando, ajena a estas minucias, había sido publicada en Argentina en 1938, y había iniciado su viaje en el ámbito hispano. Para su traducción Victoria Ocampo había elegido a un lector excepcional: Jorge Luis Borges.
             
Continúa en:
Orlando: Borges lee a Virginia Woolf

Las citas están tomadas de la siguiente edición:

CHIKIAR BAUER, Irene, Virginia Woolf. La vida por escrito, Buenos Aires, Taurus, 2012.

No hay comentarios:

Publicar un comentario