domingo, 15 de marzo de 2015

“Al límite” de Thomas Pynchon

Debo confesarlo: aún no había leído a Thomas Pynchon, de modo que tenía ante mí un puñado de novelas –algunas consideradas como clásicos del siglo XX– y no sabía por cuál decidirme; así que, dejándome llevar por las críticas elogiosas de los suplementos culturales, me lancé a Al límite, el último libro de Pynchon.

Si se es lectora tardía de Pynchon, lo normal es que se haya escuchado o leído acerca de él que se trata de un escritor raro, enigmático, difícil, inclasificable, imprescindible, paranoico… El nombre de Pynchon ha generado su propio adjetivo: “pynchoniano”, para referirnos a su mundo novelístico o a un ferviente seguidor de su obra. Pynchon pertenece además a esa categoría de escritores ocultos y de culto, lo que acrecienta aún más su leyenda.


Algunas críticas consideran Al límite como Pynchon en estado puro, otras reconocen que no se trata de lo mejor de Pynchon, pero es Pynchon. La publicidad de la editorial destaca que Al límite es más inteligible, más accesible y actual que otras novelas del autor y que es una buena forma de acercar el universo Pynchon al lector común.

El título original de Al límite es Bleding Edge, y podía haberse quedado tal cual, por dos razones; la primera porque Al límite suena a algo trillado, y la segunda porque la expresión Bleeding Edge se explica muy bien en la novela y delimita mejor el tema de la misma. Un personaje, Lucas, nos aclara lo que es la tecnología bleeding-edge: “Ninguna utilidad demostrada todavía, material de alto riesgo, algo con lo que sólo se sienten cómodos los adictos a la adopción temprana de novedades”.

Al límite transcurre en Nueva York. Durante un año, desde el primer día de la primavera de 2001, hasta la primavera de 2002, seguimos las peripecias de la protagonista, Maxine Tarnow, una detective –aunque le han retirado la licencia– que trabaja en su propia agencia de investigación de delitos económicos. Una mañana de marzo del 2001, cuando aún está reciente la caída de la burbuja de las "puntocom", Maxine lleva a sus hijos, al colegio. Es un día hermoso y florecen los perales del Upper West Side. Pero en la ciudad acechan los peligros, la amenaza nos aguarda en un simple paso de peatones. Al final de la novela, cuando los perales vuelvan a florecer, habrán sucedido tantas cosas que casi parecerá un sueño regresar a una escena familiar cotidiana.

Porque Al límite se convierte en un vertiginoso trasiego de personajes que se mueven con rapidez de un espacio a otro, que recorren las calles, el río, las plantas de algunos edificios, las autopistas cercanas y que, además, como ansiosos ciberflaneurs, se adentran en los espacios de la web profunda.

Por la novela circulan, aparecen y desaparecen personajes de varias generaciones y de distintos orígenes: italianos, rusos (incluidos dos delincuentes de poca monta), judíos, pijos WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant). En ese mundo bastante desquiciado no falta el clásico terapeuta, la clásica mejor amiga, los hackers, una antigua hippy –March– que denuncia conspiraciones e injusticias en su weblog y que para colmo es la suegra de Gabriel Ice (hielo, claro), que de joven y prometedor informático pasó a ser el dueño sin escrúpulos de una dudosa empresa que Maxine está investigando. Ice representa ese lado oscuro lleno de recovecos inaccesibles, de misterios que parecen a punto de ser desvelados pero que se ocultan una y otra vez

Un recuerdo destello

Desde hace unos años se habla en psicología del “recuerdo destello” (“Flashbulb memories”), relacionado con un acontecimiento inesperado que causa un profundo choque emocional. Es lo que sucedió con el 11-S. Los que lo vivimos recordamos con nitidez lo que hacíamos en aquellas horas mientras en televisión aparecían las imágenes de las Torres Gemelas.

Muchos neoyorkinos solo conocerán los hechos de una forma mediática. A nuestros protagonistas, por simple cuestión de suerte, la información les llega a través de los medios de comunicación, o de conversaciones y relatos que se van contando; sin embargo es real el humo y “un olor químico amargo, a muerte y fuego, que nadie con memoria ha olido jamás en esta ciudad y que persiste durante semanas”. Pero existen poderes que intentan controlar rápidamente  “la narración de los hechos”:

(…) Y la historia fiable se va encogiendo a un tenebroso perímetro centrado en la «Zona cero», un término de la Guerra Fría extraído de aquellos guiones de la era nuclear tan populares a principios de los años sesenta. Esto nada tiene que ver con un bombardeo nuclear soviético en la zona baja de Manhattan, pero los que repiten «Zona cero» una y otra vez lo hacen sin pudor ni preocupación por la etimología. El propósito es que la gente se mueva, y que lo haga en cierto sentido. Que se mueva, se asuste y se sienta desamparada.

Ahora todo debe ser literal

Heidi, la mejor amiga de Maxine, escribe un artículo sobre la ironía, “un rasgo básico del humor gay urbano” de los años noventa que “se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11 de septiembre porque no habría impedido que ocurriese la tragedia”. El país no había estado todo lo serio que debería y se ha debilitado “su anclaje en «la realidad»”:

Así que todo lo que sea fruto de la fantasía (y no me refiero al estado de delirio en el que se ha sumido el país) también debe sufrir las consecuencias. Ahora todo debe ser literal.

En la escuela privada a la que asisten los hijos de Maxine, la Kugelblitz, que debe su nombre a su fundador –un psicoanalista discípulo de Freud con ideas tan peculiares que el propio maestro lo echó de su casa–, la profesora de inglés no va a poner más trabajos de lecturas de ficción en clase. Y en los canales por cable también ha aumentado la programación de «realidad», lo cual, por otra parte, les resulta más barato a los productores. Heidi reflexiona:

Alguien necesita que esta nación de mirones pasmados se crea que por fin ha espabilado, que todos se han curtido y están a la altura de la condición humana, que se han liberado por fin de las ficciones que los llevaban por mal camino, como si prestar atención a vidas inventadas fuera una forma de abuso de drogas malignas que el desmoronamiento de las torres ha curado al meterles de nuevo el miedo en el cuerpo a todos, sin excepción.

Llámalo libertad, pero está basada en el control

Al límite refleja un mundo paranoico dominado por fuerzas ocultas. Internet se convierte en el lugar idóneo para la manipulación. Eric, uno de los hackers de la novela, reflexiona ante Maxine:

Piénsalo bien, cada día hay más pringados pasivos y menos usuarios informados; los teclados y las pantallas se han convertido en puertas a sitios web donde sólo hay aquello que les interesa a los Administradores, para hacernos adictos: compras, juegos, guarradas para hacerte pajas, basura inacabable en stream...

Después de una frenética estructura –que a menudo nos recuerda al guión de una serie como Los Simpson–, la novela va acercándose a su fin. Llega el momento de las reflexiones en una típica escena de madrugada de insomnio, con Maxine y Ernie, su padre, sentados en un sofá ante la pantalla del televisor.  

“Tal vez la televisión de entonces lavaba el cerebro, pero eso ya no podría pasar hoy. Nadie controla internet”, le dice Maxine a su padre. Pero este no comparte la opinión de su hija, así que comienza contándole cómo surge internet durante la Guerra Fría con el DARPAnet –cuyo “verdadero propósito original era asegurar la supervivencia del mando y control de Estados Unidos después de un intercambio nuclear con los soviéticos”–. Ahora internet “se filtra como un olor a través de los detalles más nimios de nuestras vidas (…), devorando nuestro precioso tiempo”. El anciano Ernie sentencia:

Y no es inocente. En ninguna parte. Nunca lo ha sido. Fue concebido en pecado, el peor pecado posible. Ha ido creciendo, pero nunca se ha desprendido del gélido deseo de muerte para el planeta que anida en su corazón, y no, no creo que haya cambiado nada, hija.

Cuando Maxine le argumenta a su padre, que la vida sigue, que Internet se está mercantilizando que pero ofrece libertad a millones de personas, Ernie le responde con este vaticinio:

Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar. (…). Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal. 

Esa descerebrada adoración a la policía…

En un momento de la novela Maxine se había topado con Windust, un “Oficial de Casos Especiales”, con el que había mantenido un encuentro sexual. A pesar de la reputación dudosa del sujeto, Maxine no puede evitar “la inmisericorde sensación de vacío tras su desaparición”. Así que la escena de noche de insomnio y confidencias será el mejor momento para que ella se sincere con su padre:

…Del primer criminal de guerra de primera división con el que me topo, voy y me quedo colgada, sé que tortura y asesina a gente, siempre sale bien parado, y ¿me repugna, me conmociona? No, lo que pienso es: puede cambiar. Todavía está a tiempo de darle la espalda a todo eso, no hay nadie tan perverso, debe de tener conciencia, hay tiempo, puede reparar el daño que ha hecho; pero la verdad es que no, ya no puede...

Para consolarla su padre le recuerda: “Cuando eras pequeña, hacía lo que podía, procuraba evitar que te sumaras a esa descerebrada adoración a la policía, pero, a partir de un momento dado, cada uno comete sus propios errores”. Maxine sufría muchísimo ante las injusticias: “Volvías de la escuela, de las clases de historia, siempre con una pesadilla nueva: (…) Te pasábamos pañuelos de papel y decíamos: son cosas de mayores, algunos se portan así, tú no tienes por qué ser como ellos, tú puedes ser mejor”. Y ahora es ella la que les tiene que responder a sus hijos:

Los chicos me preguntan las mismas cosas, no quiero verlos convertidos en lo que ya son sus compañeros de clase, pequeños cabrones sabihondos y cínicos..., pero ¿qué pasa si Ziggy y Otis empiezan a preocuparse demasiado, papá?, este mundo podría destruirlos como si nada.

Costumbrismo global

No faltan en Al límite los diálogos cáusticos e hilarantes –como en algunas series de televisión– y divertidas escenas de costumbrismo global; una de las más conmovedoras es aquella en la que Horst, el marido de Maxine, intenta montar una mesa de ordenador para su hijo:

(…) Unas  misteriosas sujeciones de plástico y metal cubren el suelo, las hojas con las instrucciones están hechas pedazos y aletean por todas partes. Chilla. La frase que le sale por defecto es: “Puto IKEA”
Como millones de otros hombres a lo largo y ancho del mundo, Horst odia al gigante sueco del Hágalo Usted Mismo.

En fin, que le daré una nueva oportunidad a Thomas Pynchon y comenzaré leyendo alguna de sus novelas clásicas.

1 comentario:

  1. Que todos conspiramos contra todos, eso ya lo sabemos; que la Red no deja de ser un medio de control, lo sabemos todos; que Pynchon, al cual no había leído pero sí había oído hablar mucho de él, es un autor mediocre y desfasado, eso yo no lo sabía. Este autor no se para en reflexionar en nada, venga, todo ahí, y casi como salga; sus bromas son facilonas, recuerdan a "Los Simpson" y también a "Allie McBeal". Lo siento (y me siento), pero este supuesto coloso de nuestra literatura contemporánea me ha decepcionado completamente.

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