martes, 30 de enero de 2018

"Seres de un día", de Atonio Luis Ginés


“El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo”, escribe Charles Simic en Una mosca en la sopa. Simic define la poesía como una fotografía mental en la que los lectores nos reconocemos a nosotros mismos. La fotografía capta el instante, es la imagen de algo que ya ha dejado de existir: ese momento en que una mano nos roza o una mirada se dirige a un punto que ha quedado fuera del encuadre; pero algo permanece.

Como lectores dejamos al margen la erudición y nos adentramos en la poesía a través de sus propios códigos. Somos ese tú al que se dirige el llamado “yo poético”, como si la propia creación poética no fuese una experiencia personal que se nutre de lo vivido y lo sentido. Este debate lo resuelve Antonio Luis Ginés con una sencilla frase: “Escribir es exponerse”.

La reflexión sobre la esencia de la poesía genera un nuevo poema, a modo de una caja china que no se agota nunca. El proceso mental que nos lleva a unir palabras y a dotarlas de un significado que trascienda es uno de los grandes misterios del ser humano, como lo son el sabernos duraderos, la conciencia del tiempo y de su paso, el asombro ante la fragilidad y el poder de la belleza.

Al acercarnos a la experiencia creativa las palabras se convierten en el cauce por el que el pensamiento indaga acerca de la intuición poética y la imaginación. En “Arde todo” el acto creativo está descrito como una historia de suspense. En la poesía aflora el alma, el mundo interior, pero el alma se impregna de lo de fuera. Y ahí salta la “chispa” que provoca el incendio. Y en “Impacto” leemos:

La pulsión poética parece establecer un itinerario lúcido, rotundo: llegar al corazón, golpearlo un par de veces y luego salir, directo hacia el papel, sin pasar por la cabeza.

Seres de un día es poesía y ensayo poético. Una instantánea, una anécdota, cruza ante nuestros sentidos y desaparece. ¿Qué es lo que queda? Comienza así un diálogo en el tiempo, con autores como Bergson, Leopardi, Pavese, pero también con autores contemporáneos y amigos como Eduardo García o Concha García. Ese diálogo prosigue con los lectores. ¿Para quién se escribe?, se pregunta Antonio Luis Ginés. Escribimos para nosotros pero si un tú hace suyas nuestras palabras, nuestra experiencia artística, habríamos conseguido lo que todo poeta anhela.

En Seres de un día se reflexiona acerca del proceso creativo, de las dudas que sobrevienen al ensamblar las piezas, sintiendo que algo falta, un eslabón que buscamos en el lenguaje. Encontrarlo supone un paso más hacia nosotros mismos, hacia nuestro interior. La creación es tensión y placer: “Quedarse como suspendido en cierto gozo al ir descubriendo que las piezas encajan”. Que las palabras respiren, que la emoción nos devuelva el brillo primigenio. Así lo escribe Antonio Luis Ginés en “Últimas luciérnagas”:

La imagen es una aparición única, irrepetible, un resplandor transitorio que planea sobre todo lo inmóvil del pasado. La instantánea se convierte en movilidad, hace un viaje, quizás hacia algún punto en el que alguien la aprecie, donde sea posible su supervivencia en otros ojos.

Palabra y tiempo forman la urdimbre de la poesía. Y el tapiz que se teja hará visible lo que no vemos. Es una “Poética casi invisible”:

Trato de hacer visible en el poema lo que no se ve, eso que de algún modo permanece “semioculto” dentro del texto. Es la búsqueda no de otro sentido de lo literal que marcan las palabras o hacia dónde nos conducen, sino el auténtico sentido de los versos.

Las semejanzas son los hilos que unen las piezas, pues “son las que pueden desencadenar procesos, que en último término transforman las imágenes en pensamientos”. La experiencia, la forma de mirar las cosas con los ojos muy abiertos, la emoción que perdura sobre el instante, todo debe permanecer en equilibrio para hacer visible, “lo que aún queda por desvelar”.

Pero la poesía tiene también un poder “reparador”; sabe poner las cosas en su sitio, nos protege, nos acompaña, alivia el dolor y el desasosiego, nos conmueve con la belleza que se atreve a jugar con el tiempo:

Tengo que ceñirme al instante, jugar con él, balancearlo, hacer que se sienta tan cómodo como yo en esta quietud espacio/tiempo, en la que no hay nada bueno, ni nada malo, solo el asombro ante una pizca de belleza que trato, como un halcón de caza, de apresar al vuelo.

Es lo que queda del día, el gozo de sabernos vivos, de comprender qué es lo que de verdad importa, lo que debemos rescatar del ruido, de la confusión, de lo superfluo, de lo que nos sobra. Y entonces seguirán quedando los “Restos”:

Vivimos porque necesitamos esa pulsión, dejar a un lado el temor a la muerte y continuar con una sonrisa porque también nos queda al final del día la serenidad de la voz interior cuando nos repara.

1 comentario:

  1. "Escribir es exponerse". Entiendo que mostrarse por dentro. Y el autor sólo se sentirá gozoso de su obra cuando encuentre algún lector plenamente identificado con su escrito.

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